En medio de la guerra en Oriente Medio – En este sexto análisis de nuestra serie, Younes Abouyoub, doctor en sociología política y diplomático, califica el conflicto actual como un seísmo geopolítico cuyas repercusiones podrían perturbar de manera duradera al mundo árabe.
LCDL: ¿Qué futuro dibuja esta guerra para el mundo árabe? Younes Abouyoub: Esta guerra no es simplemente otro conflicto en una región llena de violencia, es un seísmo geopolítico cuyas réplicas se sentirán durante décadas. Las cartas se están barajando con una brutalidad que obliga a cada capital a repensar sus alianzas, enemistades y, aún más profundamente, su razón de ser.
El mundo árabe después de la guerra no se parecerá al de antes. Se hacen posibles acercamientos antes impensables, mientras que las alianzas consideradas sólidas se resquebrajan. A largo plazo, este proceso podría llevar a una reconfiguración profunda del panorama regional, marcado por más inestabilidad que claridad.
El conflicto actual actúa como un ácido que disuelve las antiguas lealtades y crea nuevas, a menudo contra intuitivas.
Aquí pesa la historia. El año 1919 sigue siendo una cicatriz abierta en la memoria del mundo árabe: la caída del Imperio otomano no fue una liberación, sino la apertura de un vacío donde las potencias coloniales redescribieron la región según sus intereses, sembrando las semillas de un siglo de conflictos y fracturas.
Hoy, en un momento en que las bombas caen sobre Teherán, la eventual caída del estado iraní podría provocar un shock de dimensiones comparables. No sería un calmante, sino la apertura de un vacío estratégico donde se precipitarían potencias regionales e internacionales.
¿Por qué Irán es un actor central en el equilibrio regional? A pesar de no ser árabe, Irán se ha impuesto, a lo largo de las décadas, como un pilar estructurante del equilibrio en Oriente Medio.
Mediante alianzas políticas, militares e ideológicas, desde el Levante hasta el Golfo, la República Islámica ha contribuido a moldear un orden regional de facto, basado en relaciones de poder estabilizadas por la disuasión. Este equilibrio no es ni pacífico ni consensuado, pero impone límites a las ambiciones de cada actor.
La desaparición repentina de este pilar no crearía un espacio de libertad, sino un vacío estratégico importante; un escenario cuya historia regional ya ha demostrado ser violento y tener efectos duraderos. Irán, dos veces el tamaño de Francia, con casi 90 millones de habitantes, rico en hidrocarburos, se convertiría en un territorio que avivaría los apetitos de las potencias competidoras.
En este vacío, las rivalidades regionales e internacionales se intensificarían. Turquía de Erdogan, con su ambición neo-otomana, vería una oportunidad para extender su influencia al norte de Irak y Siria, así como hacia Azerbaiyán iraní.
Israel, que considera la debilitación de Irán como un objetivo estratégico clave, se encontraría en una posición de dominio regional sin contrapeso real. Lo que aún se mantiene hoy en día por un equilibrio inestable podría entonces pasar a una lógica abierta de confrontación y proyección de poder.
¿Qué cambios provocaría tal colapso? Los efectos se sentirían inmediatamente en los estados más frágiles, donde la influencia iraní actúa como un factor de equilibrio, aunque cuestionado. En Irak, la desaparición del respaldo iraní desarticularía el ecosistema de las milicias chiítas, privándolas de coordinación y recursos. Su fragmentación podría llevar a enfrentamientos internos o confrontaciones directas con el estado central, abriendo así la puerta a una guerra civil de una intensidad sin precedentes.
En el Líbano, el equilibrio disuasivo impuesto por Hezbollah se derrumbaría. Las tensiones acumuladas entre facciones – cristianas, suníes, drusas – podrían desatarse abruptamente en un país ya debilitado, con el riesgo de un retorno a una guerra civil generalizada.
La ilusión de que la desaparición de un poder central sería suficiente para liberar a los pueblos se ha demostrado, trágicamente, errónea en repetidas ocasiones en la historia de la región. El colapso de Irán actuaría como un shock brutal en un mundo árabe ya fragilizado.
La caída del estado iraní, si llegara a ocurrir, no sería una nueva primavera, sino el invierno más largo, donde cada actor buscaría preservar sus intereses en un entorno que se vuelve irreparable.
Y cuando finalmente el conflicto se estabilice, el mundo árabe podría despertar una vez más como el gran perdedor, con fronteras redibujadas, sociedades fragmentadas y esta constante en la historia: los imperios, al caer, siempre aplastan a aquellos que estaban a su sombra.
¿Cuál sería la magnitud del choque socioeconómico para las poblaciones? Las vidas de cientos de millones de personas se verían afectadas por un shock petrolero duradero. No se trata de un aumento temporal, sino de una reestructuración profunda de los mercados energéticos. La amenaza constante en el Estrecho de Ormuz, Bab el-Mandeb y el Canal de Suez, los ataques a las infraestructuras energéticas y la incertidumbre geopolítica mantendrían los precios en un nivel alto.
Para los países árabes importadores de energía, esto significa una crisis económica estructural, depreciaciones monetarias y un aumento de la pobreza. A esto se suma una vulnerabilidad alimentaria importante. Altamente dependientes de importaciones de cereales, estos países sufrirían un aumento de precios exacerbado por las perturbaciones en las cadenas de suministro.
El hambre, ya presente en Sudán y en Gaza, podría convertirse en un factor central de inestabilidad. En varios países, las poblaciones podrían salir a las calles no por causas políticas, sino por su supervivencia.
¿Es posible el escenario de la caída del estado iraní? Si bien la eliminación del liderazgo iraní y la pérdida de figuras clave en sus redes sería un golpe, el colapso del estado aún está lejos de ser seguro. Irán ha demostrado una notable resiliencia: guerra contra Irak, sanciones prolongadas, aislamiento internacional.
Pero si este escenario llegara a ocurrir, el mundo árabe emergería profundamente transformado. Las antiguas certezas darían paso a un panorama fragmentado, dominado por el temor al caos y la búsqueda de una estabilidad que se vuelve inaprensible.
El equilibrio regional ya no se basaría en bloques identificables, sino en una multiplicidad de actores operando en un entorno inestable. El gran perdedor podría ser la idea misma de un «mundo árabe» estructurado, reemplazada por una mosaico de estados obligados a seguir lógicas de supervivencia.
La historia recordará quizás que en este momento de inflexión, esta entidad dejó de existir como una realidad política coherente.
¿Y si Irán saliera victorioso de este conflicto? Si Teherán ganara esta guerra, no se trataría de un triunfo militar convencional, sino más bien de la prueba de su resiliencia. Este resultado lo consagraría como un actor indispensable, lo que llevaría a una recomposición de los equilibrios estratégicos en Asia Occidental, especialmente en las monarquías del Golfo.
La incapacidad de Washington para proteger efectivamente a sus aliados plantearía dudas estructurales sobre la fiabilidad de su paraguas de seguridad, empujando a estos estados a diversificar hacia China y Rusia, y a reforzar su cooperación militar regional.
Sin embargo, a pesar de esta desconfianza, se impondría una coexistencia pragmática. Las monarquías, conscientes de su vulnerabilidad, preferirían un Irán debilitado pero estable a un colapso con consecuencias catastróficas. El «eje de resistencia», especialmente en el Líbano, vería reforzada su legitimidad ideológica a nivel nacional.
Una victoria así abriría potencialmente una era de estabilidad fría marcada por un antagonismo latente. Esta haría necesario iniciar un diálogo regional para reformar el orden de seguridad en Asia Occidental musulmana, sin presencia militar exógena.
Siguiendo el ejemplo del acercamiento Irán-Arabia Saudita orquestado por Omán y China desde 2023, idealmente se podría contemplar la creación de una nueva arquitectura de seguridad regional basada en la soberanía, la no injerencia y la seguridad colectiva.
Esto establecería un pacto de no agresión y mecanismos de seguridad colectiva, esbozando la esperanza de una «Pax islamica»: un nuevo equilibrio regional no basado en la confrontación, sino en una gestión concertada de las tensiones y un diálogo político. Y quién sabe, quizás el comienzo de una integración económica entre naciones musulmanas soberanas.






