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Clase baja

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La clase media baja de Argentina enfrenta una creciente presión económica: trabajar ya no garantiza estabilidad, y cada aumento de precios reduce la capacidad de llegar a fin de mes.

La estabilidad económica que durante décadas definió a la clase media de Argentina muestra signos de erosión. En miles de hogares en todo el país, se repite una escena cada vez más común: antes de ir al trabajo, las familias revisan sus teléfonos y encuentran nuevos informes de aumentos de precios. El costo de los alimentos sube, las tarifas del transporte público se ajustan nuevamente, los alquileres siguen aumentando y las tarifas de la atención médica privada se incrementan una vez más. En medio de esta cadena de aumentos de precios, una pregunta recurrente se vuelve más frecuente: ¿cómo sobrevivir hoy con un ingreso promedio?

Para millones de argentinos que pertenecen a la llamada clase media baja, la vida diaria se ha convertido en un constante ejercicio de equilibrio financiero. No se trata necesariamente de extrema pobreza o privación absoluta, sino más bien de una tensión continua en los presupuestos familiares que afecta áreas básicas como alimentos, vivienda, transporte y acceso a la salud.

Estimaciones de firmas consultoras privadas citadas por el Centro de Estudios Metropolitanos indican que hasta un 68% del ingreso de un hogar típico puede gastarse en gastos esenciales como alimentos, servicios públicos, alquiler y transporte. El margen restante, en muchos casos, se reduce a una fracción mínima que apenas cubre los costos inesperados.

«La clase media baja vive en un estado de fragilidad permanente,» explica Lucía Cholakian Herrera, investigadora del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento. Según la experta, este segmento social ocupa una posición particularmente vulnerable dentro de la estructura económica. «No está completamente excluido del sistema, pero cualquier golpe económico —una devaluación, un aumento de tarifas o la pérdida de empleo— puede llevarlo rápidamente a la pobreza,» señala.

En ciudades como Buenos Aires, Córdoba y Rosario, esta fragilidad se refleja en las decisiones cotidianas de los hogares. Las familias ajustan el consumo como pueden: cambiando marcas por productos más baratos, posponiendo reparaciones en el hogar y reduciendo o eliminando gastos que antes se consideraban normales, como vacaciones o actividades recreativas.

«Solíamos comprar ropa nueva para los niños cada invierno. Ahora arreglamos lo que ya tienen,» dice María Laura González, una empleada administrativa de 39 años que vive en el Gran Buenos Aires. Su esposo trabaja como técnico de mantenimiento y juntos mantienen a una familia de cuatro.

«Ambos tenemos empleos formales, pero constantemente estamos haciendo cálculos. Si el alquiler aumenta o la electricidad sube, todo el presupuesto se desmorona,» explica.

Este patrón se repite en miles de hogares donde los ingresos son suficientes, pero apenas. Ahorrar se convierte en un lujo raro y cualquier gasto inesperado —una reparación de auto, un problema de salud o un aumento imprevisto en las tarifas de servicios— puede desestabilizar completamente las finanzas familiares.

El economista Daniel Schteingart, director del área de desarrollo productivo en Fundar, argumenta que la estructura del gasto familiar en Argentina se ha vuelto cada vez más rígida.

«Cuando la mayor parte de los ingresos se destina a cubrir necesidades básicas, el consumo deja de ser una elección libre y se vuelve estratégico,» explica. «Las familias comparan precios, buscan promociones, compran en cuotas o visitan varios supermercados en busca de descuentos.»

Uno de los factores que ejerce mayor presión sobre los presupuestos de la clase media baja es el aumento de los servicios esenciales. Aunque algunos indicadores oficiales han mostrado períodos de desaceleración de la inflación, varios servicios básicos han registrado aumentos por encima del promedio general.

Datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos indican que en el último año, las tarifas de servicios como electricidad, gas, agua y transporte subieron casi diez puntos porcentuales por encima de la inflación promedio.

Según el sociólogo Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social Argentina, este fenómeno afecta particularmente a los sectores medios más vulnerables.

«Las familias de clase media baja no califican para muchos programas de asistencia estatales, pero tampoco cuentan con ingresos suficientes para absorber aumentos bruscos en tarifas o servicios,» explica. «Quedan en una especie de zona gris dentro del sistema de protección social.»

La paradoja de este segmento social es que la mayoría de sus miembros tienen empleo formal o semiforma. Trabajan en roles administrativos, comerciales, servicios técnicos o actividades semiprofesionales.

Sin embargo, ese trabajo ya no garantiza movilidad social.

Una encuesta realizada por el Observatorio de Deuda Social Argentina indica que seis de cada diez personas de clase media baja creen que sus empleos solo les permiten sobrevivir, sin ofrecer oportunidades reales de progreso económico.

«Trabajamos más que nunca, pero sentimos que estamos un poco peor cada año,» dice Javier Roldán, un vendedor de 45 años en una cadena de electrónica en Rosario. «Solíamos soñar con comprar una casa. Ahora el objetivo es simplemente llegar al final del mes.»

En este contexto de incertidumbre económica, muchos proyectos a largo plazo comienzan a desvanecerse. Comprar una casa, reemplazar un auto o financiar la educación universitaria de los hijos se vuelve cada vez más difícil de lograr.

«Cuando el horizonte es pagar las facturas de este mes, la planificación a largo plazo desaparece,» explica la economista Marina Dal Poggetto, directora de la firma de consultoría EcoGo. «La inestabilidad macroeconómica crea una sensación constante de retroceso.»

Esta sensación no es del todo nueva en la historia económica de Argentina. Durante gran parte del siglo XX, la clase media fue considerada un símbolo de movilidad social ascendente en el país. Sin embargo, las recurrentes crisis económicas han debilitado gradualmente esa identidad con el tiempo.

Cada cambio de gobierno tiende a generar expectativas de recuperación económica entre amplios sectores de la población. Sin embargo, con el paso de los años, muchos hogares perciben que esas promesas no siempre se traducen en mejoras sostenidas en su calidad de vida.

«El problema no es solo la inflación,» dice el economista Martín Rapetti, director de la consultora Equilibra. «Es la dificultad estructural que tiene la economía argentina para generar estabilidad y crecimiento sostenido.»

En este escenario, la clase media baja vive en una tensión constante. No se considera pobre, pero tampoco se siente económicamente segura.

Aspectos que durante décadas se entendieron como derechos básicos —alimentación adecuada, vivienda estable, acceso a la salud y al transporte— se perciben cada vez más como gastos difíciles de sostener.

Mientras los economistas y analistas intentan explicar la situación a través de cifras macroeconómicas, millones de familias enfrentan una realidad mucho más concreta: trabajar todos los días ya no garantiza estabilidad financiera.

Y en cada hogar donde se revisan las cuentas al final del mes, surge la misma pregunta —una que resuena en gran parte de la sociedad argentina—: si la clase media baja sigue representando un camino hacia el progreso o, con el tiempo, simplemente se ha convertido en un símbolo de resistencia económica.