Les tensions en el Medio Oriente ahora van más allá de los meros terrenos militares y energéticos. Al difundirse a las tasas de interés, las condiciones de financiamiento y la economía real, transforman profundamente el marco de acción de los bancos centrales.
Las fuertes volatilidades observadas en los mercados financieros y de materias primas revelan así la emergencia de un nuevo régimen durable, en el cual la geopolítica se impone como un determinante importante de la política monetaria.
Por Luc d’Anterroches, Asociado en Servicios Financieros de BearingPoint (*)
Durante dieciocho meses, los bancos centrales pensaban haber retomado el control. La desaceleración de la inflación, la aparición de trayectorias de desinflación relativamente claras y el regreso de modelos más predictivos auguraban una normalización progresiva. Esta secuencia, frágil pero coherente, acaba de romperse.
El impacto no es endógeno. No proviene ni de un aumento de la demanda, ni de un desajuste clásico de la oferta. Es geopolítico. Y modifica en profundidad los marcos de análisis en los que se sustenta la política monetaria.
El Medio Oriente es hoy el epicentro. Pero lo que cambia no es solo el resurgimiento de un riesgo energético: es su integración directa en las anticipaciones macroeconómicas a largo plazo. El Banco Central Europeo brinda una ilustración especialmente clara de esto. En marzo, elevó sus proyecciones de inflación al 2,6% en 2026 en su escenario central, con un riesgo que va hasta el 3,5% al 4,4% en caso de tensiones duraderas en el estrecho de Ormuz. Este tipo de rango no refleja una simple incertidumbre coyuntural. Actúa un cambio: la geopolítica se convierte en una variable estructurante.
Este cambio de naturaleza es esencial. Durante años, los choques energéticos se trataron como perturbaciones externas, transitorias, cuyos efectos podían neutralizarse en gran medida mediante la acción monetaria. Este marco se desmorona hoy en día. Los aumentos de precios relacionados con la energía ya no se limitan a las materias primas: se propagan, se instalan y se transforman.
Los canales de transmisión ahora están bien identificados. Los costos de transporte, seguros y logística aumentan permanentemente. Las cadenas de suministro se ajustan bajo restricciones. Y sobre todo, estas tensiones terminan por irrigar los servicios y los salarios, con efectos de propagación potencialmente no lineales. El episodio inflacionario de 2021-2022 dio una idea de ello. Este quizás no fue una anomalía, sino un precedente.
Pero la difusión del choque no se detiene en la esfera productiva. Ahora se extiende a la esfera financiera, a través de un canal más discreto pero igual de determinante: las tasas de interés. El alza de los rendimientos de los bonos, alimentada por la incertidumbre geopolítica y las tensiones en la energía, se transmite directamente a las condiciones de financiamiento de la economía. El crédito hipotecario ofrece una ilustración concreta: a medida que suben las tasas, el poder adquisitivo de los hogares se contrae, afectando la demanda y, a largo plazo, la actividad.
En este contexto, los efectos de segundo orden vuelven a ser centrales en la función de reacción de los bancos centrales. La pregunta ya no es solo si un choque es temporal, sino si se arraigará en las anticipaciones, las condiciones financieras y los comportamientos económicos.
Los mercados de bonos son los primeros en incorporar este cambio de régimen. La idea de una estabilización sostenida de las tasas de interés se aleja. El BCE destaca que podría verse obligado a endurecer su política si la inflación permanece persistentemente por encima de su objetivo, incluso cuando el choque es de origen externo. A partir de entonces, las expectativas se vuelven más volátiles, más sensibles a los eventos geopolíticos que a los indicadores macroeconómicos.
Para las instituciones bancarias, esta evolución representa un desafío singular. Si bien su exposición directa a la región es limitada y su nivel de capitalización alto, no es ahí donde reside el principal riesgo. Radica en la rápida y incierta revalorización de sus activos, en un entorno donde las expectativas de tasas pueden revisarse bruscamente. Así, los balances bancarios se convierten en zonas de transmisión inmediata de los choques geopolíticos.
Este es el gran dilema de la situación actual: el sistema financiero es sólido en general, pero opera en un entorno cada vez más inestable. Las infraestructuras resisten, los mercados absorben los golpes, los bancos se mantienen. Pero esta solidez no garantiza la estabilidad del sistema a largo plazo, ni la capacidad de los actores económicos para adaptarse a shocks recurrentes.
Porque el desafío va mucho más allá del ámbito bancario o monetario. Lo que se vislumbra es un cambio de régimen económico. La economía mundial entra en una fase donde la restricción geopolítica se vuelve permanente. Unas pocas zonas de tránsito estratégico bastan ahora para reconfigurar trayectorias de inflación, desplazar anticipaciones y redefinir equilibrios macroeconómicos.
En un entorno tan desafiante, la política monetaria ya no puede operar según normas preestablecidas. La década de 2010 estableció un régimen de baja inflación y baja volatilidad, propicio para políticas ampliamente predecibles. El período que se abre podría ser el de una inestabilidad estructural, donde los bancos centrales deben lidiar con choques exógenos recurrentes, difíciles de modelizar.
Por lo tanto, la cuestión central ya no es solo el próximo movimiento de tasas. Se trata de la transformación fundamental de la función de reacción de los bancos centrales. ¿Cómo gestionar la estabilidad de precios cuando los determinantes de la inflación se encuentran en parte fuera del ámbito económico tradicional?
Eso es, en definitiva, el verdadero cambio. Las decisiones de política monetaria ya no se construyen únicamente desde variables domésticas o financieras. Ahora se integran, de manera estructural, dinámicas geopolíticas.
En otras palabras, la política monetaria ya no se escribe únicamente en Frankfurt, Washington o Londres. También se juega, indirectamente, en las zonas de tensión, en Teherán, Mascate, y en los corredores del estrecho de Ormuz.
(*) Luc d’Anterroches es Asociado en BearingPoint, donde desarrolla las actividades del gabinete en servicios financieros, con un enfoque en gestión de activos y patrimonio. Coordina las oficinas europeas y acompaña a los equipos de Soluciones así como a BearingPoint Capital. Desde 2006, guía a bancos, aseguradoras y gestores de activos en sus transformaciones importantes. También ha contribuido a la expansión internacional del gabinete, fortaleciendo la práctica de Servicios Financieros en Singapur en 2012 y participando en la apertura de la oficina de Dubái en 2014.
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