La deuda pública mundial supera hoy los 100.000 billones de dólares, o casi el 100% del PIB mundial. Más allá de su magnitud, es su distribución lo que llama la atención. La deuda global está masivamente concentrada entre las grandes economías avanzadas. Estados Unidos lidera con más de 38.000 billones de dólares de deuda, seguido por China (alrededor de 19.000 billones) y Japón (casi 10.000 billones). Estos tres países concentran casi el 60% de la deuda pública mundial. Las grandes economías europeas, como Francia, Italia y Alemania, también contribuyen significativamente a este saldo global. Este hecho destaca una paradoja fundamental: la deuda mundial es ante todo una deuda de las potencias económicas, aquellas que tienen la credibilidad financiera y los mercados suficientemente profundos para captar el ahorro mundial.
Una deuda que se ha convertido en un activo financiero global
Más allá de su distribución, la deuda pública se ha transformado en su naturaleza. Hoy en día, mayoritariamente se emite en forma de bonos soberanos, negociados en los mercados y poseídos por una amplia variedad de actores: inversores institucionales, bancos, fondos internacionales e incluso bancos centrales. Desde la crisis de 2008, estos últimos han desempeñado un papel determinante al absorber una parte significativa de las emisiones soberanas. Instituciones como la Reserva Federal de EE. UU., el Banco Central Europeo y el Banco de Japón han contribuido a mantener condiciones de financiación excepcionalmente favorables durante más de una década. Esta evolución ha llevado a una transformación profunda: la deuda pública ya no es solo un instrumento de política fiscal, se ha convertido en un activo financiero central, integrado en carteras globales e indispensable para el funcionamiento de los mercados.
Niveles de deuda similares, pero trayectorias opuestas
La historia económica ofrece un punto de comparación ilustrativo. Al final de la Segunda Guerra Mundial, los niveles de deuda pública en las grandes economías ya habían superado el 100% del PIB. Sin embargo, esta situación no se tradujo en una fragilidad económica duradera.
Por el contrario, las décadas siguientes estuvieron marcadas por una fase excepcional de prosperidad. En Estados Unidos, el crecimiento anual promedio se sitúo alrededor del 3,5% al 4% entre finales de la década de 1940 y la década de 1970, con una tasa de desempleo cercana al 4% al 5%. En Europa continental, Francia y Alemania registraron un crecimiento aún más espectacular, con tasas cercanas al 5% al 6% y pleno empleo. Es decir, la deuda de antaño era una deuda de inversión, orientada hacia la producción, la urbanización y la transformación estructural de las economías.
Hoy en día: niveles de deuda similares, pero indicadores degradados
A diferencia de la posguerra, el periodo actual se caracteriza por un entorno macroeconómico mucho menos favorable. El crecimiento mundial debería situarse alrededor del 3,2% al 3,3% en los próximos años, lejos de los estándares históricos. El desempleo, aunque contenido en algunas economías avanzadas, sigue siendo estructuralmente alto o precario en muchas regiones, mientras que la calidad del empleo es motivo de preocupación.
La verdadera preocupación no radica tanto en el nivel de deuda como en la ausencia de un relato económico capaz de justificarla y absorberla. Ya no estamos en una economía que se endeuda para construir el futuro, sino en una economía que se endeuda para ganar tiempo.
Por Mohammed Benchekroun





