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En busca de un campeón, la derecha y la izquierda tentadas por el arbitraje de las encuestas

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El futuro presidencial de la derecha y el centro, pero también de la izquierda socialdemócrata, estaría en la resignación sondeada. Un editorial del diario L’Opinion, que en información política es una referencia, lo anuncia como una verdad ante la cual habría que inclinarse: «Rendez-vous quelque part entre septembre et janvier pour une sélection par les sondages. Le réalisme commande de se résigner.» Así estaríamos obligados a este acomodo para esperar que un candidato moderado se comprometa y escape de la tenaza mortal de los dos extremos. Sería una renuncia de la razón y los partidos que tienen como tarea principal seleccionar a sus campeones. Sin dejar el cuidado de esta tarea casi sagrada a los encuestadores que de hecho la rechazan, aunque puedan ayudar.

La debilidad partidista conduce a esta búsqueda irrisoria de un arbitraje externo. A partir de conclusiones engañosas. Así, para empezar, falsamente se establece que fueron las elecciones primarias las que llevaron a los fracasos de François Fillon y Benoît Hamon en 2017 o de Valérie Pécresse en 2022, todos ganadores y luego derrotados. Explicación conveniente e inexacta porque, de hecho, estas derrotas se deben a errores políticos y personales enmascarados al invocar un procedimiento de reparto que requiere, es verdad, un esfuerzo de reconciliación y trascendencia del cual han sido incapaces. Por el contrario, Nicolas Sarkozy (2007) y François Hollande (2012) demostraron que es posible someterse a este proceso conflictivo y luego convertirse en presidente.

El modo de reparto de las primarias fue descalificado para preservar a los numerosos culpables, por lo que se invoca el arbitraje de las encuestas. Como si olvidáramos que Michel Rocard, Valéry Giscard d’Estaing, Edouard Balladur, Lionel Jospin, Alain Juppé fueron todos «elegidos» por los estudios de opinión, antes de ser derrotados. Estas encuestas mostraron cierta seriedad, pero no son infalibles y no tienen valor predictivo. Afortunadamente, todos los adivinos, encuestadores y periodistas incluidos, que se perdieron en sus predicciones, no fueron sacrificados. La profecía política es un arte, ciertamente no una ciencia, aunque las encuestas cuantitativas y cualitativas pueden proporcionar información valiosa sobre el impacto de una acción política.

Sin embargo, es necesario identificar los indicadores más adecuados. Recordemos, en la época de esplendor de las encuestas de Edouard Balladur, una pregunta extraña realizada por un instituto: «¿Ha sido perseguido durante la guerra. ¿A quién busca refugio? ¿En Balladur? ¿En Chirac?» Aunque injustas, las respuestas no dejaron de ser proféticas: una inmensa mayoría buscaba refugio en el perdedor, Jacques Chirac. El alcalde de París, abandonado por sus seguidores, no lo fue por los franceses. Ninguna encuesta garantiza una elección. Ningún sondeo de opinión puede ser considerado decisivo. Siempre habrá un candidato capaz de mover montañas y superar a los favoritos. A menos que éstos se beneficien de un proceso de reparto que combine, en un trabajo conjunto, tanto un propósito político como la selección de un campeón capaz de llevarlo y trascenderlo. Una alquimia de la cual las encuestas son solo uno de los ingredientes, ciertamente no un sustituto.