En el margen de la primera sesión de la Comisión Mixta de Cooperación Marroquí-Kenyana celebrada el jueves pasado, el explícito apoyo de Nairobi a la iniciativa de autonomía bajo soberanía marroquí ha puesto de relieve profundas mutaciones geopolíticas. Estos cambios, que remodelan las relaciones de fuerza dentro de la Unión Africana, también se han ilustrado por la escasa presencia de algunos representantes estatales, liderados por Sudáfrica y Mozambique, en las celebraciones del supuesto «aniversario de la República» en los campamentos de Tinduf.
Con esta dinámica, el Reino de Marruecos consolida su posicionamiento en la escena africana y multiplica las incursiones diplomáticas. Este cambio de rumbo, que afecta a países anteriormente alineados con el eje hostil Argel-Pretoria, relega la tesis separatista a un estado de aislamiento sin precedentes. Ahora, muchas naciones africanas revisan su política exterior, prefiriendo la lógica de intereses mutuos y liberándose de las cargas ideológicas que antes frenaban sus asociaciones con un actor importante como Marruecos.
Analizando este nuevo panorama, el investigador en asuntos estratégicos Hicham Moataded ve un claro indicador de una reestructuración profunda de la diplomacia continental. Según él, «el conflicto del Sáhara ya no se lee bajo un ángulo ideológico tradicional ligado al legado de los movimientos de liberación, sino más bien desde una perspectiva pragmática basada en la estabilidad, la inversión y el reposicionamiento dentro de las redes de asociaciones internacionales».
Lejos de ser un acto aislado, la decisión de Kenia, una potencia regional crucial en África Oriental, se inserta en un movimiento continental más amplio. El investigador especifica en Hespress que esta nación ilustra «una transición gradual de la lógica de legitimidad histórica hacia la lógica de la pertinencia estratégica, donde la iniciativa de autonomía se percibe como una solución funcional y aplicable, y no solo como una propuesta política entre múltiples opciones».
Esta reorientación se inscribe en una estrategia global impulsada por Rabat, que redefine las alianzas de manera pragmática a través de palancas económicas y de seguridad. Según el experto, esta aproximación naturalmente ha llevado a «un desmantelamiento progresivo del bloque tradicional que respaldaba la tesis separatista dentro de la Unión Africana», especialmente considerando que los países del continente, especialmente aquellos sumidos en crisis, «ahora tienden a adoptar enfoques realistas que garantizan la estabilidad regional y abren perspectivas de asociación, en lugar de involucrarse en conflictos de larga data con altos costos políticos y económicos».
Desde el otro lado, el simbolismo de la recibida de Brahim Ghali, limitada a pocas delegaciones, refleja una realidad diplomática implacable. Más allá del aspecto protocolario, este evento refleja «una evidente contracción del margen de apoyo diplomático al Frente a nivel africano, con el círculo de apoyo concentrándose ahora en un número limitado de países que continúan actuando según enfoques tradicionales arraigados en la era de la Guerra Fría». Moataded también considera esto como una prueba flagrante de «la dificultad de ampliar este apoyo a la luz de las mutaciones geopolíticas y económicas que llevan a muchos países a reevaluar sus posturas de acuerdo con sus intereses nacionales».
En conclusión, esta diplomacia cada vez más estrecha muestra de manera abrumadora «la falta de profundidad africana del Polisario, convertido en una simple entidad funcional que sirve a la agenda del eje argelino-sudafricano, que percibe el ascenso de Marruecos como una amenaza para su liderazgo continental». Según el investigador, esta dinámica se asemeja en última instancia a «una corrección de la trayectoria histórica para la Unión Africana, y constituye un camino para dar vuelta a la página de una entidad nacida en el contexto de la Guerra Fría, pero que hoy está aislada y solo encuentra apoyo en su madrina, Argelia, y aquellos que comparten su hostilidad hacia Marruecos.»





