Inicio Guerra De conflicto a pasarela: excombatientes mujeres tejen reconciliación en Colombia

De conflicto a pasarela: excombatientes mujeres tejen reconciliación en Colombia

53
0

La paz debe ser cosida, puntada a puntada. Con esta idea en mente, la Sra. Avella se puso a trabajar en un pequeño taller de costura en Catatumbo, Colombia, uno de los beneficios del acuerdo de paz de 2016 entre el Gobierno colombiano y los rebeldes de las FARC, diseñado para ayudar a reintegrar a los excombatientes y sanar las heridas del conflicto.

Al igual que muchos excombatientes, ella buscaba una forma de reconstruir su vida después de la guerra, y el taller servía como un espacio para la formación, el cuidado y el empoderamiento de las mujeres que contribuirían a prevenir la violencia de género, un lugar donde podían aprender un oficio, apoyarse mutuamente y recuperar la confianza en medio de un territorio marcado por la violencia.

Junto con varias otras mujeres, la Sra. Avella fundó Puntadas por la Paz, que comenzó a fabricar sudaderas, camisetas y uniformes. Pero en 2021 el proyecto dio un giro inesperado hacia la alta costura.

En una iniciativa liderada por la Misión de Verificación de la ONU en Colombia, conoció a Lina Garcías, una economista formada en la Universidad Externado y la fundadora de una boutique de ropa de segunda mano llamada El Armario de Lina, en Cúcuta.

La Sra. Garcías solía decir que su tienda vendía «ropa de segunda oportunidad», una frase que pronto adquiriría un nuevo significado.

La Sra. Garcías aceptó participar, aunque no sin reservas. Su historia personal estaba marcada por el conflicto armado, y su familia fue víctima de un secuestro, lo que dejó recuerdos dolorosos.

Sin embargo, decidió viajar a Caño Indio, en medio de la selva de Catatumbo, donde encontró un lugar muy diferente al mundo de la moda en el que trabajaba: alojamientos prefabricados, techos de zinc, caminos sin pavimentar y baños comunitarios.

Pero también encontró algo que no esperaba: talento. «Las mujeres tenían una habilidad impresionante», recuerda. «La que cosía lo hacía con una precisión increíble; la que cortaba tenía el pulso de una profesional». Muchas habían aprendido a manejar aguja e hilo durante la guerra, remendando uniformes o botas. Ahora ese conocimiento tejía otra historia.

Las faldas de Ixora y la reconciliación

Durante quince días trabajaron intensamente en diseños, tallas y acabados. De esos días nació la idea de crear faldas envolventes con estampados inspirados en la flor de Ixora, una planta que florece todo el año y simboliza la resistencia y la perseverancia en Catatumbo.

Como resultado de todos los talleres, nació la marca ‘Ixora, inclusiva y autónoma’. Para finales de 2021, ya tenían una primera colección, que presentaron en la biblioteca Julio Pérez de Cúcuta. El desfile reunió a víctimas del conflicto y firmantes de paz en la misma pasarela.

Algún tiempo después, durante una discusión en la Feria del Libro de Cúcuta, donde fueron invitadas a contar su historia, la Sra. Garcías contó su historia familiar por primera vez ante el público. Mientras hablaba, la Sra. Avella la escuchaba en silencio. La Sra. Garcías dijo frente a la audiencia: «Para mí, hoy son mujeres sensibles, que quieren salir adelante. Por mi parte, hubo perdón; ahora quiero apoyarlas y hacer que más personas conozcan su trabajo para que podamos vivir en paz».

La violencia regresa

Sin embargo, esta historia de reconciliación, emprendimiento y paz se vio fuertemente afectada en enero del año pasado, cuando la violencia se intensificó nuevamente en esta región. Hubo desplazamientos masivos, asesinatos de líderes sociales y excombatientes, y miles de familias se vieron obligadas a abandonar sus hogares.

El taller de costura tuvo que cerrar. «Las mujeres no querían salir por miedo», recuerda la Sra. Avella. En ese momento, la prioridad era proteger la vida.

Paradójicamente, en medio de esa crisis llegó la noticia que habían estado esperando durante meses: Ixora había sido registrada oficialmente como marca en Colombia por la Superintendencia de Industria y Comercio. Pero decidieron no celebrar. «No era el momento», dice la Sra. Avella. «Había demasiada incertidumbre».

Hoy el proyecto está pasando por una pausa forzada. Las máquinas de coser siguen en Caño Indio, mientras las mujeres esperan garantías para poder trasladarse a un nuevo espacio más seguro en una zona rural de Cúcuta.

Esperanza para el futuro

Aun así, la historia de Ixora no ha terminado. La marca acaba de ganar un proyecto con la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) para acompañar a otras mujeres en procesos de autocuidado y apoyo psicológico. Es una nueva etapa para Ixora, que ahora busca no solo generar ingresos, sino también ofrecer un espacio de bienestar para quienes han vivido los impactos del conflicto.

«Este proyecto es un sueño», dice tranquilamente la Sra. Avella. «Más allá del aspecto económico, significa mantener viva nuestra asociación y mostrar que podemos construir algo diferente».

Mientras tanto, las mujeres esperan el momento de volver a encender las máquinas. En Catatumbo, donde tantas historias terminan abruptamente, como la flor que le da su nombre, hay esperanza de que Ixora volverá a florecer, incluso en las condiciones más difíciles.