Cuando existen las reglas, pero no detienen la guerra
Cuando observamos Gaza, Ucrania o Irán, una pregunta surge rápidamente: ¿para qué sirve el derecho internacional si los bombardeos continúan de todos modos? La respuesta no es «nada». Pero es más difícil. El problema no es solo la violación de las reglas. También es el debilitamiento de aquellos que aún deberían defenderlas.
El marco legal existe, sin embargo. La Carta de las Naciones Unidas exige el respeto a la soberanía de los estados, la prohibición del uso de la fuerza y la resolución pacífica de los conflictos. En teoría, todo parte de ahí. En la práctica, todo depende en gran medida de algo muy político: la voluntad de los estados de tratar estos principios como restricciones reales, y no solo como eslóganes útiles cuando les conviene.
También es importante recordar que el derecho internacional no solo sirve para regular las guerras. Estructura la diplomacia, los tratados, el comercio, la navegación y las comunicaciones entre estados. No se ve mucho cuando todo va bien. Se ve bruscamente cuando un conflicto bloquea una ruta marítima, cuando la ayuda humanitaria es cortada o cuando las sanciones perturban economías enteras. En estos casos, los primeros afectados no son las cancillerías. Son los civiles, las ONG, las pequeñas empresas y los países que no tienen la fuerza militar para imponer su versión de los hechos.
El derecho no desaparece. Se enfrenta a la ejecución
Decir que el derecho internacional es impotente porque es violado es ir demasiado rápido. El sistema aún produce decisiones. El 16 de marzo de 2022, la Corte Internacional de Justicia ordenó a Rusia que suspendiera de inmediato sus operaciones militares en Ucrania. El 19 de julio de 2024, la misma Corte determinó que la continuación de la presencia de Israel en el territorio palestino ocupado era ilegal según el derecho internacional. Entonces, el derecho aún existe. Habla. Decide. Califica.
La verdadera dificultad viene después. ¿Quién aplica? ¿Quién presiona? ¿Quién asume el costo político de una condena clara? En el Consejo de Seguridad, el 4 de junio de 2025, un proyecto de resolución que pedía un alto el fuego permanente en Gaza fracasó debido a un veto estadounidense. Unos meses antes, el 18 de marzo de 2025, los responsables humanitarios de la ONU alertaron que la reanudación de los hostilidades y el bloqueo de la ayuda estaban destruyendo los pequeños avances logrados durante la tregua. En cuanto a Ucrania, la Asamblea General, el 24 de febrero de 2025, reafirmó la soberanía e integridad territorial del país en sus fronteras reconocidas. El marco normativo aún se mantiene. Pero su alcance depende de la continuación política que se le dé.
En otras palabras, el derecho internacional no muere de golpe. Se desgasta cuando los estados dejan de mencionarlo, de defenderlo y de traducirlo en sanciones, aislamiento diplomático o medidas concretas. Un texto que permanece en los archivos no detiene a nadie. Una regla que ya no se invoca se convierte en una referencia menos para los países más débiles, para los jueces, para los mediadores y para los humanitarios.
¿Quién gana cuando la seguridad prima sobre la regla?
El discurso más poderoso hoy en día a menudo se resume en una fórmula simple: la seguridad nacional es lo primero, o al menos prevalece sobre consideraciones legales. Este razonamiento beneficia principalmente a los estados que tienen el poder militar y sólidos aliados políticos. Les permite actuar rápidamente, justificar la urgencia y desplazar la discusión al terreno legal. También beneficia a sus aliados, que a veces prefieren una victoria táctica a una larga y embarazosa batalla legal.
Pero esta elección tiene una contraparte inmediata. Debilita a los estados que no tienen la capacidad de responder por sí solos. Reduce el espacio de protección para los civiles. Vuelve más frágil la posición de los diplomáticos que aún intentan construir coaliciones en torno a una regla común. Y confunde el mensaje enviado a los autores de violaciones: si una agresión, un bloqueo o una anexión terminan siendo tratados como simples hechos consumados, entonces la regla no desaparece, se vuelve selectiva.
Por otro lado, defender firmemente el derecho internacional beneficia principalmente a los países más expuestos. Los pequeños estados necesitan un marco que limite las acciones unilaterales. Las ONG necesitan reglas para proteger el acceso humanitario. Las poblaciones civiles necesitan salvaguardias cuando la guerra se prolonga. Es por eso que la Carta de la ONU insiste en la resolución pacífica de conflictos y en la prohibición de la amenaza o el uso de la fuerza. Sin este mínimo común, cada uno vuelve a depender solo de su capacidad de ser perjudicial.
Sin embargo, los realistas tienen un argumento serio: el derecho, por sí solo, no desarma un ejército ni abre un corredor humanitario. Tienen razón. Una regla sin costo político ni mecanismo de aplicación sigue siendo frágil. Pero esta limitación no justifica el abandono. Solo recuerda que el derecho necesita instituciones que lo encarnen, gobiernos que lo apoyen y socios que estén dispuestos a exponerse para hacerlo efectivo.
El silencio de los estados pesa más que las violaciones
El verdadero punto de inflexión ocurre cuando una violación ya no se llama violación. Cuando un bombardeo, una operación militar o un bloqueo ya no son vistos como una infracción a la regla, sino como una simple opción estratégica, el panorama cambia. El lenguaje importa. Decir que una acción está «fuera del derecho» no tiene el mismo impacto que decir que la viola. En un caso, se mantiene una zona gris. En el otro, se recuerda que todavía existe una norma, y por lo tanto una responsabilidad.
Es aquí donde el silencio se vuelve más peligroso que la transgresión misma. Una regla violada pero denunciada sigue siendo una regla. Una regla violada, disculpada y luego olvidada comienza a perder fuerza. Esto es cierto para la guerra, pero también para la ayuda humanitaria, la ocupación, la prohibición de anexiones y la negativa a agredir a otro estado.
El sistema sigue vivo, pero vulnerable. Se basa en una creencia mínima: los estados aún aceptan actuar como si el derecho importara, incluso cuando les causa molestias. Si esta creencia se desvanece, el derecho internacional no colapsa de repente. Se desvanece gradualmente. Y en este tipo de desgaste, el primer daño no afecta a los grandes discursos. Afecta a las personas que no tienen control sobre la fuerza, pero que sufren todas sus consecuencias.
Lo que hay que vigilar en las próximas semanas
La próxima prueba se llevará a cabo principalmente en Nueva York y La Haya. En el Consejo de Seguridad y en la Asamblea General, cada nuevo texto sobre Gaza o Ucrania dictará si los estados todavía están dispuestos a pagar el precio de una posición legal clara. Ante la Corte Internacional de Justicia, los procedimientos en curso seguirán sirviendo como referencia: no porque detengan una guerra, sino porque establecen lo que el derecho acepta o rechaza tolerar.
La verdadera pregunta es simple. ¿Las grandes potencias seguirán tratando estas decisiones como restricciones, o solo como accesorios diplomáticos? De esa respuesta depende el futuro. No solo la credibilidad de las instituciones. La supervivencia práctica del derecho internacional en sí mismo.





