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Europa en la era del poder de interés

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Por Véronique Chabourine, analista estratégica

En marzo, durante la conferencia anual de embajadores de la Unión Europea, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, hizo un llamado a una política exterior europea «más realista y guiada por los intereses». La Comisión aboga por una política exterior que integre más las dimensiones de seguridad económica, asociaciones estratégicas y resiliencia industrial, especialmente a través del fortalecimiento de la cooperación con socios como India, Canadá o Australia y la garantía de las cadenas de suministro europeas.

Los datos recientes sobre la estructura del poder internacional ayudan a iluminar los desafíos. Según el índice de presencia global del Real Instituto Elcano, que mide la proyección internacional de los estados según dimensiones económicas, militares y de soft power, la Unión Europea constituye actualmente uno de los principales polos de presencia internacional junto a Estados Unidos y China. En 2024, su índice global alcanza aproximadamente 3.462 puntos, ligeramente superior al de Estados Unidos. Sin embargo, esta presencia se basa en una arquitectura particular. La dimensión económica domina ampliamente la proyección internacional europea (2.250 puntos, frente a los 1.674 de Estados Unidos), mientras que la dimensión militar sigue siendo considerablemente más limitada (365 puntos, frente a 872). Casi dos tercios de la presencia internacional de la UE se basan en su dimensión económica. Europa también posee un instrumento de influencia específico a través de su capacidad normativa, a menudo denominada como «el efecto de Bruselas», que le permite difundir sus estándares regulatorios a escala internacional. La diferencia radica, sin embargo, en la capacidad estadounidense de controlar un número mayor de puntos estratégicos del sistema global, como infraestructuras financieras, tecnologías críticas o redes digitales, que permiten dominar ciertos flujos de los cuales depende el sistema económico mundial.

En este contexto, el desafío estratégico no radica en eliminar las interdependencias, sino en equilibrar las relaciones. La capacidad de ocupar o controlar ciertos «chokepoints» se convierte así en un punto fundamental para reducir las vulnerabilidades y equilibrar las relaciones de poder. Según el Fondo Monetario Internacional y el Banco de Pagos Internacionales, Estados Unidos cuenta con un importante instrumento a través de su centralidad financiera: el dólar representa todavía cerca del 58% de las reservas mundiales de divisas e interviene en aproximadamente el 88% de las transacciones de divisas internacionales. Por su parte, China ejerce una influencia creciente en algunas cadenas de suministro críticas, como el refinado mundial del litio o el procesamiento de tierras raras. Estas posiciones de control son pocas: varias análisis estiman que alrededor de una veintena de «chokepoints» estructuran actualmente el sistema económico mundial. En este contexto, el poder ya no se basa únicamente en la intensidad de los flujos económicos, sino en la capacidad de controlar las infraestructuras de las cuales dependen estos flujos.

En este sentido, la Unión Europea parece particularmente expuesta a ciertas dependencias estratégicas. Un análisis de la Comisión Europea sobre las dependencias industriales identificó 137 productos para los cuales la UE tiene una alta dependencia de proveedores externos, incluyendo 34 considerados críticos. Estas dependencias afectan especialmente a las tierras raras y ciertas materias primas críticas, las baterías de iones de litio y varias tecnologías clave para la transición energética, los semiconductores avanzados, así como varios principios activos farmacéuticos utilizados en la producción de medicamentos. También afectan a ciertas infraestructuras y tecnologías digitales críticas, que se han vuelto indispensables para el funcionamiento de numerosas actividades económicas. Aunque estos productos representan una parte limitada de las importaciones europeas en valor, su importancia es sistémica: son indispensables para el funcionamiento de cadenas industriales enteras.

Esta evolución transforma la forma en que los estados movilizan su poder económico. En un entorno donde las interdependencias pueden convertirse en instrumentos de coerción, la capacidad de defender y proyectar sus intereses se convierte en una dimensión central del poder. El concepto de «poder de interés» puede entenderse como la capacidad de un actor para movilizar sus instrumentos económicos, industriales y normativos. Se enmarca en una lógica de «smart power» aplicada a las relaciones de poder contemporáneas: un equilibrio entre varios instrumentos -capacidades de defensa y disuasión, herramientas económicas o coercitivas, e influencia normativa. Varias iniciativas europeas recientes se inscriben en esta evolución. El Chips Act, el Critical Raw Materials Act o el Net-Zero Industry Act tienen como objetivo asegurar ciertas cadenas de valor industriales y reducir las dependencias estratégicas europeas. Pero su alcance va más allá de la mera lógica de resiliencia industrial. El Chips Act podría permitir a la UE consolidar posiciones clave en ciertos segmentos de la cadena global de semiconductores, especialmente en equipos de producción y tecnologías indispensables para la industria mundial de chips. El Critical Raw Materials Act busca, por su parte, desarrollar capacidades europeas en la extracción, refinamiento y transformación de materias primas críticas, sectores donde se juegan posiciones de control decisivas para las cadenas industriales globales. En cuanto al Net-Zero Industry Act, podría favorecer el surgimiento de capacidades industriales y tecnológicas en varias tecnologías bajas en carbono, tales como baterías, hidrógeno, electrolizadores o equipos energéticos avanzados, que buscan estructurar la transición energética mundial. En otras palabras, más allá del fortalecimiento de la base industrial europea y del objetivo de llevar la industria al 20% del PIB europeo para 2035, el desafío también radica en transformar estas políticas industriales en palancas capaces de hacer surgir o consolidar auténticos «chokepoints» europeos en sectores estructurantes.

Pero estas iniciativas plantean una cuestión más estructural: la capacidad de la Unión Europea para definir y organizar de manera colectiva ciertas prioridades industriales y tecnológicas en sectores críticos. Más allá de las formas económicas, el desafío es también político: radica en la capacidad de los estados miembros para ponerse de acuerdo en prioridades comunes y mantenerlas a largo plazo. En este sentido, la idea de una Europa «guiada por los intereses», mencionada por Ursula von der Leyen, no puede limitarse a una evolución de la postura diplomática.