En un momento en que las fronteras entre la información, el entretenimiento y la política se desdibujan, la risa se convierte en el centro de atención. El humor parece llenar el vacío dejado por una palabra política en crisis. ¿Qué revela este cambio sobre el estado del debate democrático? ¿Qué gana (y qué pierde) la democracia cuando la risa no solo denuncia, sino que también intenta cambiar la realidad?
«En veinte años de activismo por la paz, influencié a veinte personas. Con una broma sobre un dictador, veinte millones». Estas palabras pertenecen a Noam Shuster-Eliassi, humorista israelí que se adentró en el humor después de dejar las marchas y el activismo en las Naciones Unidas por la canción y el stand-up comprometido. ¿Permite el humor una renovación de la política?
Las relaciones entre ambos ámbitos siguen siendo tensas. Lo demuestran las recientes quejas del Ministerio del Interior Laurent Nuñez contra el humorista Pierre-Emmanuel Barré (por comparar, en una crónica sobre violencia policial, a la policía con Daesh) y el nuevo juicio laboral del humorista Guillaume Meurice, quien impugna la rescisión anticipada de su contrato por parte de su ex empleador France Inter después de una broma sobre Benyamin Netanyahu.
Estas polémicas no son aisladas: también se puede mencionar la controversia sobre la apariencia durante un sketch en France 5 del humorista Merwane Benlazar (acusado de islamismo por su apariencia) o las controversias en torno a la humorista Sophia Aram, acusada de «racismo» por los periodistas de Le Parisien después de una crónica en la que se burlaba de los miembros de la flotilla hacia Gaza, de la eurodiputada Rima Hassan (apodada «Lady Gaza») y de la activista Greta Thunberg (renombrada «Miss Krisprolls»).
Si bien estas polémicas no son nuevas, como señala la lingüista Nelly Quemener, parecen adquirir una dimensión inédita: la broma de Guillaume Meurice, discutida en la Asamblea Nacional y en el Senado, provocó más reacciones que algunas posturas serias de líderes políticos.
Las esferas política y humorística continúan superponiéndose. Los medios discursivos, que cada vez más juegan con el «infotainment» (la combinación de información y entretenimiento), a menudo entrelazan discursos periodísticos, políticos y humorísticos. Es común ver a políticos, expertos, artistas y humoristas reunidos en un plató, de tal forma que resulta difícil distinguir a qué régimen discursivo pertenece cada intervención.
Este equilibrio entre el humor y la política es crucial para evitar la deriva hacia el ludismo o el cinismo, que pueden trivializar los discursos políticos y desviar la atención de los debates serios y fundamentados. La risa política puede ser una herramienta para cuestionar y reconsiderar los discursos políticos dominantes, pero no debe sustituir al debate, a la protesta y a la propuesta argumentada.





