Fukada se sumerge en el corazón de la industria del entretenimiento japonés y orquesta una fábula tan sutil como aterciopelada sobre el despojo de uno mismo.
En la obra de Koji Fukada, el amor siempre es un asunto complicado. Basta con que un cuerpo extraño entre en la casa de Harmonium para que la pareja se descomponga, mientras Love Life lo presentaba como una frágil ficción doméstica. Deformado, obstaculizado o contaminado por una estructura externa, lo que Fukada filma, de película en película, es menos el impulso amoroso que los dispositivos sociales que lo sofocan. Con Love on Trial, Fukada lleva esta lógica hasta lo absurdo: el amor como falta contractual. El punto de partida podría haberse prestado a la sátira. Mai, una ídolo de J-pop (interpretada por Kyoko Saito, exmiembro del grupo de ídolos Hinatazaka46), es perseguida por mantener una relación amorosa, en contradicción con la imagen de pureza que su empleador vende a sus fanáticos.
A pesar de la extrema frontalidad de este tema, el cineasta japonés nunca cae en la sátira ácida un poco fácil. Con la contención y la calma habituales de su puesta en escena, organiza un mundo aterciopelado donde la violencia es siempre extremadamente difusa. Sin embargo, la película dibuja una crítica contundente a la industria del entretenimiento japonés, pero también, más ampliamente, a un capitalismo de afectos donde la autenticidad solo se admite si es simulada. Love on Trial va mucho más allá de la simple crítica a la industria idol, retomando uno de los motivos más constantes del cineasta: la forma en que las estructuras contemporáneas vacían a los seres de su propia experiencia. Y quizás eso sea lo más melancólico de la película: la idea de que un sentimiento, una vez capturado por la norma, se apaga para siempre.
Love on Trial de Koji Fukada (2h08) con Saito Kyoko, Yuki Kura, Kenjiro Tsuda. En cines el 25 de marzo.




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