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Desde el testimonio y la denuncia hasta la ironía y el humor: Una batalla cultural de 50 años por la memoria de la dictadura en Argentina.

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Cincuenta años después, todavía hay muertos sin enterrar y tumbas sin nombre. Cincuenta años después, todavía hay personas que, sin saberlo, viven con la identidad de otra persona. Cincuenta años después, todavía hay crímenes sin resolver y criminales impunes. Todavía hay juicios en curso y juicios que ni siquiera han comenzado. Cincuenta años después del 24 de marzo de 1976, día en que comenzó la última dictadura militar y su maquinaria de exterminio en Argentina, el proceso de memoria, verdad y justicia que convirtió al país en un ejemplo está amenazado, asediado por un Gobierno que, desde 2023, ha cancelado o neutralizado las políticas de derechos humanos y ha promovido discursos alineados con el negacionismo.

Pero, mientras el Estado nacional se retira, la inmensa producción cultural y artística que en cinco décadas ha sido central para hacer frente al duelo y al trauma del genocidio continúa generando libros, películas, intervenciones escénicas y otras expresiones artísticas, en un trayecto que ha pasado de testimoniar y denunciar el horror a, más recientemente, la libertad de imaginar y resignificar las heridas todavía abiertas a través de la fantasía, la ironía y el humor.

“Lucharemos sin descanso contra el delito subversivo en todas sus manifestaciones, hasta su aniquilación total”, declaró el dictador Jorge Rafael Videla (1925-2013) poco después de asumir la presidencia. La “guerra contra la subversión” – es decir, contra las organizaciones armadas del peronismo y la izquierda – serviría como justificación para el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” implementado por la dictadura hasta 1983. Según el sistema judicial argentino, se basó en un plan sistemático de terrorismo de estado que desplegó centros clandestinos para secuestrar, torturar y asesinar en todo el país.

La desaparición de 30,000 personas y la apropiación de unos 500 bebés, según estimaciones de organizaciones de derechos humanos, resumen las atrocidades cometidas. Su contraparte fue, y sigue siendo, la incansable demanda sostenida hasta el día de hoy por las madres y abuelas de Plaza de Mayo en su búsqueda de sus hijos y nietos.

Recordar es siempre olvidar, y a lo largo de estos 50 años, la construcción de la memoria colectiva sobre la dictadura ha sido un campo en constante cambio de disputas y tensiones. Allí, escritores, artistas, intelectuales y académicos sembraron las semillas de sus obras – miembros de una comunidad cultural que fue especialmente apuntada por la dictadura a través de desapariciones y amenazas que llevaron a muchos al exilio. Como símbolo inextinguible de esa brutal persecución, permanece la quema de 24 toneladas de libros publicados por el Centro Editor de América Latina en 1980. Ese mismo año vio la publicación de Respiración artificial, la enigmática novela de Ricardo Piglia, que es quizás el mejor ejemplo de cómo, bajo el régimen de terror, cuando reinaba la censura, la literatura recurrió a alusiones desplazadas, a narrativas alegóricas o metafóricas para relatar lo que estaba sucediendo.

(Mural de las Madres de Plaza de Mayo, en marzo de 2025, para conmemorar el 49º aniversario del golpe militar de 1976. Roberto Tuero (Zuma Press / Contacto))

«El secreto militar […] convierte la mayoría de los arrestos en secuestros que permiten una tortura y ejecución ilimitadas sin juicio», Rodolfo Walsh, ‘Carta abierta a la junta militar’ (1977)

Desde las etapas finales de la dictadura, la retórica de la “guerra contra la subversión” del ejército comenzó a ser desafiada por denuncias de violaciones a los derechos humanos contra víctimas inocentes. Las Madres de Plaza de Mayo fueron pioneras, comenzando en 1977 con sus marchas frente a la Casa Rosada, con la cabeza cubierta con pañuelos. “Los desaparecidos”, declaró Videla en 1979, “es un enigma, no tiene existencia, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido”. Las Madres contrarrestaron la siniestra naturaleza clandestina de la represión mostrando fotografías de sus hijos.

“Entre las Madres, había una conciencia muy temprana de la necesidad de encontrar maneras de tomar acción que las hiciera visibles ante la sociedad y la prensa internacional, así como entre ellas mismas”, dice Ana Longoni, doctora en artes, especializada en las intersecciones del arte y la política. “Hay dos marcos principales para representar las desapariciones”, explica. Uno era el uso de fotografías, que comenzó como un recurso individual y luego se convirtió en colectivo, cuando aparecieron pancartas con numerosas fotos juntas. El otro marco, dice, eran “las siluetas”, el dibujo de figuras humanas con los nombres de las personas desaparecidas, una propuesta de los artistas Julio Flores, Rodolfo Aguerreberry y Guillermo Kexel para “materializar la ausencia de los desaparecidos con una marca en el espacio”. Al igual que las fotografías, las siluetas fueron adoptadas por organizaciones de derechos humanos y, con el tiempo, se convirtieron en centrales para numerosas intervenciones en espacios públicos, conocidas como los Siluetazos. “Si las fotos buscan enfatizar una biografía previa al secuestro”, observa Longoni, “las siluetas enfatizan el vacío dejado por esas vidas arrancadas, interrumpidas”.

(Fiscal Luis Moreno Ocampo (centro) y abogado Julio César Strassra (derecha) presentan acusaciones contra ex líderes militares – incluido el dictador Jorge Rafael Videla (izquierda) – acusados de violaciones a los derechos humanos, en Buenos Aires el 13 de septiembre de 1985. STR / AFP / GETTY IMAGES)

“Mi país entero se transformó en un único, numeroso muerto que al principio parecía intolerable y que luego fue aceptado con indiferencia y olvido”, Tomás Eloy Martínez, ‘Lugar común la muerte’ (1979)

Ante los ojos de una sociedad sacudida por lo que no había logrado o se había negado a ver, la restauración de la democracia trajo una exposición explosiva de los crímenes perpetrados por la dictadura. El testimonio de sobrevivientes y las familias de los desaparecidos se convirtieron en la narrativa dominante. La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, creada por el presidente de la Unión Cívica Radical, Raúl Alfonsín (1983-1989), produjo el documento fundacional de la era, Nunca Más (“Never Again”, 1984). Su interpretación del pasado reciente propuso la llamada “teoría de los dos demonios”: la sociedad como víctima de la violencia tanto de la extrema izquierda como de la extrema derecha.

La culminación de ese primer período post-dictadura fue el juicio a las juntas militares, recientemente recreado en la película Argentina, 1985 (Santiago Mitre, 2022). En ese juicio, se juzgaron a nueve de los 10 líderes que gobernaron el país entre el golpe y la Guerra de las Malvinas (1982). Cinco de ellos fueron condenados por secuestro, tortura y asesinato; Videla y Emilio Massera recibieron cadena perpetua. Pero la esperanza de extender la justicia a toda la estructura de responsables pronto se convirtió en desilusión. La presión y los levantamientos de las fuerzas armadas llevaron al Congreso a aprobar leyes de impunidad para evitar que los juicios avanzaran. Estas leyes fueron reforzadas por los indultos otorgados a los oficiales militares recientemente condenados y también a los ex guerrilleros, emitidos entre 1989 y 1990 por el presidente peronista Carlos Menem (1989-1999).

“El informe ‘Nunca Más’ y los juicios a las juntas fueron un punto de inflexión”, argumenta la socióloga e investigadora Valentina Salvi. “Los desaparecidos, que anteriormente se consideraban subversivos, comenzaron a ser vistos como personas con derechos, cuyas vidas fueron violadas por la violencia represiva. La noción de terrorismo de Estado surgió con fuerza, como una forma de diferenciar entre violaciones a los derechos humanos cometidas por el estado y la violencia de las organizaciones armadas”. Pero esta narrativa, señala Salvi, al enfatizar una perspectiva humanitaria, borró “el estatus de estos individuos desaparecidos como militantes y miembros de organizaciones armadas, y no tuvo en cuenta la responsabilidad del peronismo en el proceso”. El cine expresó este imaginario, donde la denuncia asumía que la inocencia y la apoliticidad eran sinónimos, en películas como La historia oficial (Luis Puenzo, 1985), distinguida con el primer Oscar para una película argentina, o La noche de los lápices (Héctor Olivera, 1986).

(Una mujer intenta evitar el arresto de un joven en una manifestación contra el gobierno en Buenos Aires, en marzo de 1982. Se estima que 30.000 personas fueron asesinadas o «desaparecidas» a manos de los militares.

Horacio Villalobos (CORBIS / GETTY IMAGES))

“Bajo los arbustos / en la hierba alta / en los puentes / en los canales / hay cadáveres”, Néstor Perlongher, ‘Cadáveres’ (1981)

A mediados de la década de 1990, cuando la memoria del terror parecía desvanecerse bajo la “pacificación y reconciliación nacional” promovida por Menem y sus indultos, lo negado encontró maneras de regresar. Los eventos conmemorativos del 24 de marzo se volvieron cada vez más masivos. 1995 fue un año crucial. Ese año vio el surgimiento de la organización HIJOS (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio), que reunió a descendientes de los desaparecidos. Dado que los responsables del genocidio no podían ser llevados ante la justicia, HIJOS se propuso denunciar a los represores y marcar los lugares donde vivían con el lema «Justicia y Castigo». Estas protestas públicas de vergüenza introdujeron otra forma de hacer visible la manifestación y, al igual que las Madres de Plaza de Mayo habían hecho, apelaron a recursos estéticos de intervención urbana, ahora con el Grupo de Arte Callejero (GAC). También en 1995, el ejército argentino emitió su primera autocrítica institucional sobre los crímenes cometidos. Y fue ese mismo año cuando el libro El Vuelo, de Horacio Verbitsky, reveló la confesión pública de un represor, Adolfo Scilingo, sobre los macabros vuelos de la muerte, en los que miles de detenidos fueron drogados, transportados en aviones y arrojados al mar, vivos, desnudos.

Comenzó a tomar forma un nuevo auge de la memoria, un aumento en obras literarias y cinematográficas de denuncia, testimonio o análisis, pero ahora bajo una narrativa que reclamaría el activismo político de los años 1970 como parte esencial de la identidad de las víctimas. Ejemplos incluyen La voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina (1997-1998), la monumental trilogía de Eduardo Anguita y Martín Caparrós, y Poder y desaparecido: los campos de concentración en Argentina (1998), de Pilar Calveiro. En el mundo del cine, se puede citar el documental Montoneros, una historia (1998), de Andrés Di Tella. Alrededor de la misma época, la ficción estaba explorando nuevos enfoques, como en Villa (1995), donde Luis Gusmín presentaba a un médico cómplice en la represión como narrador.

(Vista aérea de la manifestación en la que organizaciones de derechos humanos marcharon junto a sindicatos y partidos políticos para conmemorar el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, en Buenos Aires, el 24 de marzo de 2025. Abaca Press / Contacto)

“No es sólo sobre las víctimas, sino fundamentalmente sobre la sociedad en su conjunto”, Daniel Feierstein, ‘Genocidio como práctica social’ (2007)

No sin contratiempos, las políticas públicas sobre la memoria histórica consagradas en 2003 continuaron durante 20 años, abarcando las administraciones del conservador Mauricio Macri (2015-2019) y el peronista Alberto Fernández (2019-2023). Con la llegada al poder del populista de extrema derecha Javier Milei, lo que parecía ser un consenso social e institucional profundamente arraigado se rompió. Los departamentos y programas de derechos humanos fueron despojados de fondos y personal. El estado retiró su apoyo a los juicios por crímenes cometidos durante la dictadura y, entre otras medidas, obstaculizó la búsqueda de los niños de los desaparecidos que fueron apropiados por los represores, denunciado por las Abuelas de Plaza de Mayo. En los 42 años desde el retorno de la democracia, las Abuelas han logrado restituir la identidad de 140 nietos; aún están buscando otros 350.

La narrativa que el gobierno intenta establecer revive un discurso nacido dentro del ejército y entre los negadores del genocidio. A diferencia de los primeros días de la democracia, no consiste en vindicar a «los héroes que lucharon contra la subversión», ya deslegitimados por la demostración judicial de los abominables crímenes que perpetraron, sino en la idea de que es necesario construir una «memoria completa». Valentina Salvi, coordinadora del libro ¿Qué hacen los sectores de derecha con los 70? (2026), argumenta que este discurso «utiliza los lemas de las organizaciones de derechos humanos» para exigir justicia para las víctimas de los grupos armados (hasta la fecha, los tribunales argentinos han determinado que no se trató de crímenes de lesa humanidad y ha caducado el plazo de prescripción). Y con respecto a esta idea de «una memoria completa», advierte, en los últimos años se ha desarrollado una memoria mucho más cruel y beligerante entre los jóvenes de extrema derecha, una que estigmatiza a las mujeres, a las personas discapacitadas, a los migrantes y también a los desaparecidos y sus familias.

En este contexto, Argentina conmemora el 50 aniversario de su último golpe militar. El 24 de marzo, se espera que miles de personas, llevando fotos, siluetas y otros recordatorios de los desaparecidos, se manifiesten en Plaza de Mayo, convocados por organizaciones de derechos humanos para conmemorar el Día de la Memoria. Se espera también que la Casa Rosada, como lo ha hecho en los dos años anteriores, emita un comunicado oficial que minimice el terrorismo de estado. Las palabras e imágenes que perduran contribuirán a dar forma al pasado y al futuro del país.