Barham Salih, el nuevo Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, se ha sumergido rápidamente en el terreno. Pocos días después de asumir su cargo el 1 de enero, dejó las salas de conferencias de su sede en Ginebra para visitar los campos de refugiados en Kenia y Chad, demostrando así su enfoque para dirigir una agencia enfrentada a crisis que se multiplican más rápido que el sistema diseñado para hacerles frente.
«La responsabilidad, en todos los sentidos de la palabra, es inmensa», confesó en una entrevista reciente, su voz ligeramente afectada por la magnitud de la tarea.
Para Salih, de 60 años, este rol no es abstracto. El nuevo Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados no ve el desplazamiento como una estadística, sino como una experiencia vivida.
«Nacido en el Kurdistán iraquí en 1960, él mismo se convirtió en refugiado en la adolescencia y pasó años en el exilio, formando parte de una generación marcada por la represión y la guerra bajo el régimen de Saddam Hussein. Estudió en el Reino Unido, tuvo una carrera política, y luego regresó a su país para convertirse en el octavo presidente de Iraq en 2018, un trayecto que ilumina su mirada sobre los millones de personas aún atrapadas en la incertidumbre», cita un artículo.
Salih tiene un plan ambicioso de reducir a la mitad, en una década, el número de personas en situación de desplazamiento prolongado dependiente de la ayuda humanitaria, un objetivo que va más allá de los recursos de su agencia.
La estrategia se basa en algo que el sistema humanitario ha tenido dificultades para lograr: pasar de la asistencia humanitaria de emergencia a la inclusión económica. Los refugiados deben poder trabajar y contribuir a las sociedades que los acogen, en lugar de depender de la asistencia.
Esta transformación requerirá la colaboración de bancos de desarrollo, inversores privados y gobiernos donantes, en un momento en el que muchos países ricos refuerzan sus fronteras en lugar de ampliar oportunidades.
Salih reconoce la generosidad de los países y comunidades de acogida, pero advierte que sin inversiones sostenibles y sin inclusión, el sistema corre el riesgo de quedar estancado en una crisis perpetua.
El Alto Comisionado destaca la resiliencia de los refugiados y enfatiza la importancia de empoderar a los jóvenes refugiados para que puedan actuar y progresar en sus vidas. El objetivo es que los refugiados dejen de ser vistos solo como víctimas y sean reconocidos como agentes de su propio destino.
Salih subraya que ser refugiado debería ser una situación temporal, no un sufrimiento permanente. A pesar de los desafíos y obstáculos, se muestra comprometido con su misión de trabajar para garantizar un futuro digno para millones de personas que viven en los campos de refugiados en todo el mundo.




