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Cómo la Armada Argentina puede recuperar su flota de submarinos y fortalecer su poder naval para convertirse en un actor clave en el Atlántico Sur

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Los pasos que Argentina debería seguir para equipar a su Armada, hacerla operativa y consolidar su posición como un jugador clave en el Atlántico Sur están directamente vinculados a las limitaciones presupuestarias, los problemas estructurales y la necesidad de una planificación a largo plazo. En este contexto, la modernización naval, y en particular la modernización de los submarinos, depende no solo de la adquisición de sistemas de armas, sino también de la reconstrucción integral de las capacidades operativas, logísticas y humanas.

Actualmente, el presupuesto de defensa de Argentina sigue estando por debajo del 1% del Producto Interno Bruto (PIB), limitando significativamente cualquier proceso de reequipamiento. Este nivel de inversión restringe tanto la adquisición de nuevos activos como el mantenimiento de los existentes, creando una brecha entre las capacidades que el país debería tener y las disponibles para las operaciones en el Atlántico Sur.

A esto se suman factores estructurales que afectan el funcionamiento de las Fuerzas Armadas, incluido el deterioro del sistema de salud militar y los bajos niveles salariales. Estas condiciones impactan la retención de personal calificado y la continuidad del personal técnico especializado, afectando directamente la preparación operativa de las unidades navales complejas.

Dada esta situación, el primer paso debe ser la reestructuración del sistema de defensa en su conjunto, lo que implica no solo un aumento progresivo del presupuesto a niveles cercanos al 1.5% del PIB, sino también la reorganización de la logística, el mantenimiento y la estructura de preparación, elementos considerados esenciales para garantizar la disponibilidad real de activos navales. En otras palabras, con una mayor cantidad de recursos del presupuesto nacional, no es suficiente para que la República Argentina obtenga una Armada moderna y actualizada con capacidad para operar en el extenso mar argentino; además, es necesario reorganizar cómo se distribuyen esos recursos, tanto para resolver los problemas actuales, críticos y urgentes, como para poder pensar en objetivos futuros.

En una segunda fase, el enfoque se centra en la recuperación de capacidades críticas, especialmente en el ámbito marítimo. En este punto, la adquisición de submarinos de ataque convencionales (SSKs) emerge como una prioridad estratégica, debido a sus capacidades disuasorias y de control marítimo en el Atlántico Sur.

Los submarinos propulsados convencionalmente representan una opción viable en términos técnicos y financieros, aunque requieren una planificación a mediano plazo. El plazo estimado para su adquisición varía de cinco a ocho años a partir de la decisión política, considerando los procesos de negociación, construcción, capacitación de la tripulación e integración operativa. Sin embargo, aún no son operativos porque los pilotos y técnicos que realizarán el mantenimiento correspondiente en estos sistemas deben ser capacitados.

¿Necesita Argentina submarinos de ataque? La respuesta es: Sí. La Armada Argentina cuenta actualmente con dos submarinos de ataque: el ARA Santa Cruz, que está inactivo porque se canceló su programa de reparación; y el ARA Salta, que solo se utiliza para entrenamiento en muelle. Esto significa que desde la tragedia del ARA San Juan en 2017, Argentina no tiene capacidades reales de submarinos.

Junto al componente submarino, otro aspecto clave a considerar es el fortalecimiento de la vigilancia marítima. Esto incluye la expansión de la flota de patrulleras oceánicas, el uso de sistemas no tripulados y la consolidación de redes de radares, con el objetivo de mejorar el control de la Zona Económica Exclusiva y abordar problemas como la pesca ilegal.

El desarrollo de capacidades de defensa antiaérea y de misiles antibuque también forma parte de las medidas destinadas a negar el acceso (es decir, tener la capacidad de prevenir de manera efectiva y decisiva que un adversario ingrese a un área considerada estratégica por Argentina). Estos sistemas aumentan los costos operativos para posibles adversarios y contribuyen a la protección de la infraestructura crítica y las rutas marítimas estratégicas.

En este sentido, Argentina debe comprender que actualmente enfrenta un conflicto potencial con una potencia de segundo nivel, el Reino Unido. Los británicos mantienen la base militar más grande de todo el Hemisferio Sur justo en aguas argentinas. En la Isla Soledad se encuentra la Base Aérea Monte Agradable, y a pocos kilómetros está el puerto militar de aguas profundas de Puerto Argentino. ¿Sugiere esto que el conflicto por el archipiélago debería resolverse militarmente? Absolutamente no. Además, esto está prohibido por la primera disposición transitoria de la Constitución Nacional Argentina, que establece: «La recuperación de dichos territorios y el pleno ejercicio de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes, y de acuerdo a los principios del derecho internacional, constituyen un objetivo permanente e inalienable del pueblo argentino.» Lo que este análisis transmite es que Argentina debe reconstruir sus Fuerzas Armadas para tener capacidades disuasorias, como se estipula en el Artículo Dos de la Ley de Defensa Nacional.

Por otro lado, la posibilidad de avanzar hacia sistemas más complejos, como los submarinos de propulsión nuclear, se presenta como una alternativa a muy largo plazo. Este tipo de desarrollo requiere una base industrial, tecnológica y doctrinal que actualmente solo poseen un pequeño número de países, incluidos EE. UU., China, Rusia, el Reino Unido y Francia.

Recordemos que hay dos tipos principales de submarinos: submarinos de ataque y submarinos de misiles balísticos. Mientras que los primeros están diseñados para atacar barcos y proteger un Grupo de Ataque de Portaaviones, los segundos están destinados a la disuasión nuclear, específicamente lanzando misiles balísticos intercontinentales que pueden llevar cabezas nucleares. Algunos ejemplos de los últimos son EE. UU. Clase Ohio, la Clase Borei rusa y la Clase Vanguard del Reino Unido (que será reemplazada por la nueva Clase Dreadnought a partir de 2030).

Teniendo en cuenta lo mencionado en el párrafo anterior, podríamos preguntarnos: ¿Sería viable para Argentina adquirir submarinos de misiles balísticos de propulsión nuclear para garantizar la disuasión estratégica mencionada en el Artículo Dos de la Ley de Defensa Nacional? A diferencia de los submarinos de ataque propulsados convencionalmente, este tipo de sistema de armas implica un desarrollo o adquisición condicionado por los compromisos internacionales asumidos por Argentina. Entre estos se encuentran el Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares y el Régimen de Control de Tecnología de Misiles, que limitan la proliferación de estos sistemas y regulan la transferencia de tecnología.

Además de estas restricciones regulatorias, los costos asociados con los programas de misiles balísticos o capacidades nucleares involucran inversiones a gran escala y tiempos de desarrollo prolongados. Para referencia, un submarino Clase Ohio de la Marina de EE. UU. cuesta aproximadamente USD 3.64 mil millones cada uno, sin incluir el costo de su desarrollo, mantenimiento y capacitación de marineros y técnicos. Estos factores, junto con posibles repercusiones diplomáticas, reducen su viabilidad a corto y mediano plazo dentro del marco estratégico de Argentina.

Dado todo lo anterior, la prioridad de Argentina debería centrarse en consolidar las capacidades de submarinos convencionales, con énfasis en el control del espacio marítimo y la defensa de los intereses económicos en el Atlántico Sur. Esto significa que debería adquirir aproximadamente cuatro a seis submarinos de ataque, con la posibilidad de una expansión futura. Ahora, ¿cuál elegir? Hay varios proveedores y clases, pero los más destacados son la Clase Scorpène francesa y la Tipo 214 alemana. Este enfoque permite la optimización de recursos y la generación de efectos disuasorios sin incurrir en compromisos financieros o políticos de alto riesgo.

Finalmente, la construcción de una Armada funcional y efectiva depende de la continuidad de las políticas públicas a lo largo del tiempo. La implementación sostenida de estas medidas durante un período de diez a veinte años se considera un factor determinante para alcanzar niveles operativos que permitirán a Argentina desempeñar un papel relevante en el Atlántico Sur.