Han pasado cincuenta años desde el golpe de estado del 24 de marzo de 1976, uno de los capítulos más trágicos en la historia reciente de Argentina: una dictadura que combinó el terrorismo de estado con una transformación estructural de su economía. A lo largo del siglo XX, el país experimentó seis interrupciones de su orden democrático, pero el último golpe marcó el ciclo más violento. En coordinación con otras dictaduras en el Cono Sur y con el respaldo del gobierno de Estados Unidos, el régimen militar llevó a cabo un plan sistemático de represión, desapariciones y disciplina social.
Las cifras ilustran la magnitud del horror: 30,000 desaparecidos, más de 900 centros clandestinos de detención, tortura y exterminio, alrededor de 500 niños apropiados y casi medio millón de exiliados. Estos crímenes no fueron excesos aislados, sino una política estatal deliberada. La violencia no fue un exceso, fue el método. La represión se coordinó a escala regional a través de la Operación Cóndor, que integró a Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay y Bolivia en un sistema de persecución transnacional. La violencia no solo buscaba eliminar opositores, sino desmantelar organizaciones sociales, debilitar la capacidad de resistencia colectiva e imponer un nuevo orden. La dictadura no solo cerró la democracia, reconfiguró la estructura productiva del país. El objetivo era reemplazar un modelo industrial orientado al mercado interno por uno basado en especulación financiera, apertura externa y endeudamiento.
Dentro de este marco, tuvo lugar una de las redistribuciones más regresivas de ingresos en la historia argentina. La participación de los trabajadores en el ingreso nacional cayó del 45 por ciento al 25 por ciento entre 1976 y 1977. La devaluación de 1978 erosionó aún más los salarios, mientras que entre 1976 y 1983 más de 20,000 fábricas cerraron y el empleo industrial disminuyó constantemente. El ataque al mundo laboral fue sistemático. Se eliminaron los derechos laborales, se restringió la actividad sindical y se debilitó la capacidad de negociación colectiva, efectos que persistieron incluso después del regreso a la democracia. Al mismo tiempo, la deuda externa se multiplicó, superando los $45 mil millones, dinero que se utilizó en gran parte para financiar la fuga de capitales. Una parte sustancial de la deuda privada también se nacionalizó, trasladando sus costos a toda la sociedad. Las consecuencias sociales fueron inmediatas: entre 1974 y 1982, la pobreza aumentó del 4.6 por ciento al 22 por ciento, el PIB per cápita cayó un 14 por ciento y la industria se contrajo un 15 por ciento. Así se consolidó un modelo económico basado en el sector primario, dependiente de financiamiento externo y vulnerable a los ciclos internacionales. El legado de ese proceso no fue solo económico. También dejó una estructura de poder que moldeó el desarrollo del país durante décadas, con el Fondo Monetario Internacional operando como actor central en la gestión de la deuda y sus consecuencias políticas.
Jorge Luis Borges, quizás el escritor más importante de la literatura argentina, asistió a una sesión del histórico juicio a las juntas militares celebrado en 1985, donde se acuñó la frase que se convertiría en un eslogan y símbolo de la lucha de organizaciones de derechos humanos en todo el mundo: Nunca Más. Ese día escuchó el valiente testimonio de Víctor Basterra. Secuestrado en 1979 junto con su esposa e hija, Basterra fue llevado a la ESMA, el mayor centro clandestino de detención del país. Trabajador de artes gráficas, sufrió tortura durante su cautiverio y logró, en secreto, tomar y guardar fotografías tanto de otros detenidos como de sus captores. Esas imágenes fueron y siguen siendo clave para las condenas del personal militar en los juicios que continúan hasta el día de hoy. Después de escucharlo, y conmovido por esa experiencia, Borges describió magistralmente el cinismo y la crueldad de los torturadores: «De las muchas cosas que escuché esa tarde y que espero olvidar, contaré la que más me afectó, liberándome de ella. Ocurrió el 24 de diciembre. Llevaron a todos los prisioneros a una habitación donde nunca habían estado antes. No sin cierto asombro, vieron una larga mesa servida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Luego llegaron las exquisiteces. Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y sabían perfectamente que serían torturados al día siguiente. Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó una Feliz Navidad.»
Medio siglo después del inicio de la dictadura, el curso económico del gobierno de Javier Milei continúa por el mismo camino trazado por el régimen militar. Los planes parecen ser copias al carbón de los de la dictadura, y la persistencia de un programa que reproduce un patrón familiar con consecuencias desastrosas para trabajadores y sus familias es evidente: concentración de riqueza, endeudamiento, desindustrialización y deterioro de las condiciones de vida. Esto no es solo un programa económico, sino el dominio de los mismos grupos económicos que dirigen el curso del país según sus propios intereses. La conexión entre Washington y Buenos Aires está tomando forma nuevamente bajo una lógica de dependencia arraigada en la última dictadura. Lo que ha sucedido en Argentina no puede verse de forma aislada, sino como parte de un patrón regional en el que varios países latinoamericanos buscan reintegrarse en la economía global en condiciones de dependencia, a través de ciclos de endeudamiento y austeridad. Sin embargo, la historia de Argentina también es de resistencia. Cincuenta años después del golpe, la memoria de los 30,000 desaparecidos y la persistencia de organizaciones de derechos humanos siguen sirviendo como fundamento ético y político desde el cual amplios sectores de la sociedad desafían la dirección del país.
Julián Bokser se graduó en Psicología en la Universidad de Buenos Aires (UBA), es candidato doctoral en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y es profesor universitario. Formó parte del Comité de Coordinación Nacional de ALBA y es miembro del equipo de comunicaciones del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
Este artículo fue escrito por Globetrotter.






