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Los Blogs: Por qué Argentina es la excepción en la reacción del mundo ante Irán.

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Cuando los Estados Unidos e Israel atacaron objetivos iraníes, gran parte del mundo reaccionó con cautela o crítica. Los gobiernos en toda América Latina pidieron contención, advirtieron contra la escalada y enfatizaron la diplomacia. Sin embargo, un país respondió de manera diferente. Argentina, ubicada a miles de millas de Oriente Medio, se mantuvo casi sola en la región apoyando la operación.

Esta divergencia refleja una pregunta más profunda en la política internacional: ¿por qué muchos países dudan en apoyar acciones militares contra Irán incluso cuando desconfían del régimen iraní?

La mayoría de los gobiernos separan dos preguntas que los observadores externos a menudo asumen que son idénticas: si un régimen es peligroso y si se debe usar la fuerza militar contra él.

En gran parte del mundo, los estados responden afirmativamente a la primera pregunta y negativamente a la segunda. Argentina ha elegido un camino diferente.

En América Latina, la política exterior ha sido moldeada durante mucho tiempo por un fuerte compromiso con la soberanía y la no intervención. Países como Brasil, México, Chile y Colombia reaccionaron a los ataques de Estados Unidos e Israel enfatizando la diplomacia, advirtiendo contra la escalada o cuestionando la legalidad de la acción militar preventiva.

Esta postura refleja la experiencia histórica. Durante gran parte del siglo veinte, los estados latinoamericanos vivieron a la sombra de intervenciones de las grandes potencias y rivalidades geopolíticas. Como resultado, defender el principio de que la fuerza militar no debe ser utilizada sin una clara justificación legal se convirtió en un elemento central de la diplomacia regional.

La respuesta de Argentina surge de una experiencia histórica diferente, una que pocos países fuera de Oriente Medio comparten.

En 1992, una poderosa bomba destruyó la embajada israelí en Buenos Aires. Dos años después, el centro comunitario judío AMIA fue atacado, matando a ochenta y cinco personas e hiriendo a cientos. El atentado de la AMIA sigue siendo el ataque terrorista más mortífero en la historia argentina.

Para Argentina, el evento no fue un episodio geopolítico abstracto, sino un momento en el que el terrorismo internacional alcanzó el corazón de su propia capital. Las investigaciones realizadas por las autoridades argentinas concluyeron que la operación fue llevada a cabo por Hezbollah con la participación de altos funcionarios iraníes.

Más de tres décadas después, la herida sigue abierta. Los sospechosos nunca han sido juzgados en los tribunales argentinos y la búsqueda de responsabilidad se ha convertido en parte del paisaje político y moral del país.

En este sentido, Argentina no ve a Irán solo a través del prisma de la geopolítica de Oriente Medio. Ve a Irán a través de la memoria de un ataque que mató a ciudadanos argentinos en su propio suelo.

La experiencia de Argentina no es del todo única. La violencia vinculada a Irán y a redes terroristas ha aparecido en varios otros países, aunque rara vez con las mismas consecuencias devastadoras.

Los Estados Unidos han sido blanco de ataques perpetrados por grupos apoyados por Irán. En 1983, un camión bomba destruyó los cuarteles de los Marines de EE. UU. en Beirut, matando a 241 militares estadounidenses. El ataque fue llevado a cabo por militantes vinculados a Hezbollah, la organización libanesa creada con el apoyo iraní durante los primeros años de la República Islámica.

Otro ataque importante ocurrió en 1996, cuando una potente bomba golpeó el complejo de viviendas Khobar Towers en Arabia Saudita, que albergaba personal militar estadounidense. Diecinueve soldados estadounidenses murieron y cientos resultaron heridos. Investigadores estadounidenses determinaron más tarde que los perpetradores pertenecían a una red militante entrenada y apoyada por Irán.

Además de estos ataques, las agencias de seguridad han descubierto operaciones intentadas vinculadas a redes iraníes o de Hezbollah en varios países. En 2012, una bomba explotó en un autobús que transportaba turistas israelíes en Burgas, Bulgaria, matando a cinco israelíes y al conductor búlgaro. Los investigadores europeos concluyeron que los perpetradores eran miembros de la rama militar de Hezbollah.

Las autoridades en Chipre, Tailandia, Alemania y el Reino Unido también han descubierto células que recopilaban inteligencia sobre objetivos israelíes o judíos. Estos planes fueron frustrados antes de que pudieran llevarse a cabo, pero revelaron la existencia de redes transnacionales capaces de planificar ataques mucho más allá de Oriente Medio.

En los Estados Unidos, las autoridades federales descubrieron en 2011 un complot que involucraba a individuos vinculados a los servicios de seguridad iraníes que presuntamente planeaban asesinar al embajador saudí en Washington. El plan fue detenido antes de que se pudiera ejecutar.

Sin embargo, incluso dentro de este patrón más amplio, Argentina ocupa una posición singular. A diferencia de los complots frustrados descubiertos en otros países, Argentina vivió dos devastadores ataques en su propio suelo. La magnitud del atentado de la AMIA transformó el evento en un momento definitorio en la memoria política del país.

El legado del atentado de la AMIA también plantea una pregunta más profunda: ¿cuándo esperar a que ocurra la violencia se vuelve irresponsable?

El derecho internacional generalmente asume que la fuerza debe ser utilizada solo después de que haya tenido lugar un ataque armado. El principio existe por una buena razón. Busca limitar los ciclos destructivos de la guerra preventiva que a menudo han desestabilizado el sistema internacional.

Sin embargo, los países que han experimentado el terrorismo organizado desde el extranjero a veces interpretan el problema de manera diferente. Para ellos, la seguridad no es un principio legal abstracto, sino una responsabilidad concreta hacia sus ciudadanos. La postura de Argentina hacia Irán refleja esta tensión.

La reacción de Argentina ante la confrontación con Irán, por lo tanto, refleja más que una elección diplomática. Refleja el impacto perdurable de una tragedia no resuelta.

Para la mayoría de los países, la confrontación con Irán sigue siendo un problema geopolítico que se desarrolla lejos. Para Argentina, también es un recordatorio de que la violencia del Oriente Medio ya ha llegado a su propia capital una vez antes.

La memoria del atentado de la AMIA continúa moldeando cómo Argentina entiende la seguridad, la responsabilidad y los riesgos de esperar a que las amenazas maduren. Esa historia ayuda a explicar por qué Argentina se distingue del resto del mundo en su reacción a la crisis actual.