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El átomo al rescate del clima: el plan loco de un científico para salvar la Tierra con una explosión nuclear gigante.

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Cuando una idea para «salvar el planeta» comienza con una explosión nuclear, uno piensa que hubo un error en algún lugar. Sin embargo, esto es lo que propuso seriamente Andy Haverly, un joven estudiante de doctorado estadounidense en informática cuántica: desencadenar una gigantesca detonación atómica en el fondo del océano para combatir el cambio climático. Sí, en serio.

Y aunque esta propuesta, tan loca como original, es hoy criticada por todos lados, también refleja un estado de desesperación cada vez más palpable entre algunos científicos frente a la inacción climática mundial.

El clima se descontrola, la ciencia se impacienta

El desregulamiento climático es una realidad cada vez más violenta: olas de calor, sequías, catástrofes naturales, aumento del nivel del mar… Si no se hace nada, los expertos prevén cientos de millones de desplazados climáticos, pérdidas económicas colosales y daños ecológicos irreversibles para finales de siglo.

Ante esta urgencia, muchos investigadores trabajan en soluciones llamadas tecnologías de emisiones negativas: buscan eliminar el dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera, el principal gas responsable del efecto invernadero. Ya se conocen algunas posibilidades: plantar árboles, capturar carbono en la fuente industrial, usar concreto que lo capture o esparcir biochar en los suelos.

Pero otro enfoque está atrayendo cada vez más atención: la alteración acelerada de rocas, que implica moler ciertas rocas volcánicas (como el basalto) para que absorban naturalmente el CO2 al entrar en contacto con el agua y el aire. Sencillo en teoría, pero muy complejo a gran escala.

Un plan radical: pulverizar montañas de roca… con una bomba atómica

Aquí es donde interviene la idea de Haverly. En un preprint publicado en el sitio arXiv (no revisado por pares), propone resolver el problema logístico de este método… con una explosión nuclear submarina de una potencia sin precedentes: 81 gigatoneladas, más de 1,600 veces la Tsar Bomba, la bomba más grande jamás probada.

¿El objetivo? Pulverizar más de 3,800 billones de toneladas de basalto situadas bajo el fondo oceánico, en una zona alejada del océano Austral. Una vez reducidas a polvo, estas rocas reaccionarían químicamente con el CO2, encerrándolo de forma duradera. Y como la bomba estaría enterrada a más de 3 km bajo el lecho marino, se espera que la explosión «se contenga» y que las consecuencias nucleares sean «limitadas».

Una idea lejos de ser sin consecuencias

Naturalmente, la idea es altamente arriesgada, tecnológicamente incierta y ampliamente criticada.

En primer lugar, hay que destacar que el autor no es ni climatólogo, ni geólogo, ni ingeniero nuclear. No explica cómo se podría fabricar una bomba de este tamaño, ni cómo sería transportada e instalada a tal profundidad.

Además, las consecuencias ambientales podrían ser potencialmente catastróficas: irradiación duradera, perturbaciones en los fondos marinos, riesgos para los ecosistemas marinos y, por supuesto, la dispersión de materiales radioactivos a escala planetaria.

Aunque Haverly reconoce que la explosión «resultaría en pérdidas humanas a largo plazo», relativiza al compararlas con las consecuencias de las centrales de carbón. Una lógica del «mal menor» que no convence ni a los expertos ni a la opinión pública.

El verdadero problema: la ilusión de no cambiar nada

Si esta idea ha causado tanto revuelo, es porque cristaliza un dilema inquietante: ¿deberíamos recurrir a soluciones extremas para evitar cuestionar nuestros estilos de vida? Haverly propone una forma de «limpiar» el carbono sin que nadie tenga que consumir menos, volar menos o afectar los beneficios de las industrias fósiles.

En resumen: ¿y si resolvemos el problema sin cambiar nada?

Este sueño tecnosalvador es seductor, pero peligroso. Pues podría aplazar la acción concreta sobre las causas profundas del problema. Y en el caso de una explosión nuclear submarina, la solución podría resultar mucho peor que el problema.

Una idea loca que dice mucho sobre nuestra época

Por sí sola, la propuesta de Haverly tiene pocas posibilidades de ver la luz. Es técnicamente irrealista, moralmente discutible y rechazada por la mayoría de los expertos. Pero el simple hecho de que exista, que se debata y que algunos la vean como una solución, muestra hasta qué punto la crisis climática está llevando a algunos cerebros brillantes a sus extremos más alejados.

Ya no solo es el planeta el que se está calentando. También nuestra imaginación colectiva, frente a un futuro del que ya no sabemos cómo enfriar.