Es una verdad difícil de aceptar para todos los dueños de perros: en general, somos muy malos traductores de su sufrimiento. Una amplia investigación científica acaba de demostrar que la mayoría de las personas pasan por alto por completo las señales de socorro de su amigo de cuatro patas. Lejos de los gemidos explícitos o de las cojeras evidentes, el dolor canino a menudo se manifiesta a través de «tics» que trivializamos a diario.
La ilusión del «amo que sabe»
Se tiende a pensar que compartir la vida con un perro nos dota de un sexto sentido para detectar su malestar. Sin embargo, un estudio reciente que involucró a 647 participantes (la mayoría de ellos dueños de perros) rompe este mito. Sometidos a escenarios clínicos y a la evaluación de 17 comportamientos específicos, los dueños no mostraron ninguna ventaja sobre las personas que nunca tuvieron un perro al detectar un malestar físico sutil.
Peor aún, en algunos casos, los no dueños de mascotas fueron más perspicaces. La explicación de los investigadores es contraintuitiva pero lógica: los dueños están tan acostumbrados a ver a su perro «congelarse» o «girar la cabeza» que han normalizado estos comportamientos, relegándolos al rango de simples rasgos de carácter, miedos pasajeros o estrés, borrando así la hipótesis de un dolor físico subyacente.
El diccionario oculto del dolor
Obviamente, si un perro se niega a levantar la pata, gime, pierde repentinamente las ganas de jugar o cambia radicalmente de personalidad, el mensaje se entiende claramente. Estas son anomalías llamativas. Pero el verdadero peligro reside en el lenguaje sutil del sufrimiento.
El estudio elaboró una lista de signos precursores sistemáticamente ignorados o mal interpretados. Un perro que sufre puede expresar su angustia lamiéndose compulsivamente los labios o la nariz, oliendo el aire de forma insistente, o simplemente vomitando. Un aumento en el parpadeo de los ojos, un acicalamiento excesivo repentino (rascarse o lamer superficies) o un simple cambio en la apariencia del pelaje son señales de advertencia que pasan desapercibidas en general.
De la misma manera, un perro que de repente se vuelve «pegajoso», que sigue a sus dueños en todas partes o que se agita por la noche, suele ser percibido como afectuoso o ansioso, cuando puede estar sufriendo un verdadero calvario físico.
Una cuestión de bienestar… y de seguridad pública
Solo la mitad de los participantes en la experiencia logró vincular estos comportamientos sutiles con una explicación médica. De hecho, el mejor factor para desarrollar esta empatía clínica no es poseer un perro, sino la experiencia del dolor en sí mismo: las personas que han sufrido patologías dolorosas (o cuyo animal ha estado enfermo) fueron mucho más rápidas en identificar estos microsignos.
Más allá del crucial tema del bienestar animal para permitir una atención veterinaria temprana, esta generalizada ignorancia plantea un verdadero problema de seguridad. Un animal que sufre en silencio, cuyo malestar no es visto ni aliviado, se convierte en un animal invisible. Muchos casos de agresividad repentina, incluso de perros reputados como tranquilos, tienen su origen en estos sutiles signos de angustia que trágicamente han sido ignorados.
El estudio está disponible en Plos One.







