La tecnología solo tiene valor por la forma en que se utiliza. Puede acercar a las personas o aislarlas. Puede acelerar la transición ecológica o intensificar la explotación de los recursos. Puede liberar capacidades humanas o reemplazarlas. Todo depende de la intención que la guíe.
Algunas empresas, como Dassault Systèmes, han convertido esta convicción en un principio fundacional: usar las tecnologías digitales para comprender, representar y mejorar el mundo real. La modelización se convierte en un laboratorio para diseñar el mundo del mañana. Imaginar un avión, un automóvil, una ciudad o un tratamiento médico en un entorno digital permite probar, experimentar, corregir antes de que la realidad se vea afectada.
Esta evolución cambia profundamente nuestra forma de concebir objetos, infraestructuras o sistemas complejos. A partir de este modelo 3D, el gemelo virtual científicamente compatible con la realidad, es posible generar automáticamente planes técnicos, programas para máquinas industriales, simulaciones físicas, documentación o incluso películas de síntesis.
Una innovación ética y responsable
Actualmente, plantea nuevas preguntas éticas, especialmente con el surgimiento de la inteligencia artificial. La inteligencia artificial generativa fascina por su capacidad para producir textos, imágenes o videos. Pero también plantea importantes desafíos en términos de fiabilidad de la información, propiedad intelectual o manipulación de datos.
No solo es inaceptable, sino también peligroso cuando se trata de diseñar un avión, simular un medicamento o analizar datos médicos. La innovación responsable consiste en diseñar tecnologías confiables, transparentes y respetuosas de los datos.
También implica encontrar un equilibrio entre la potencia tecnológica y el impacto ambiental. Realizar simulaciones digitales de un vehículo con su gemelo virtual ciertamente requiere energía, pero evita decenas de prototipos físicos, desplazamientos internacionales y recursos materiales.
La innovación nace del colectivo
A diferencia de la imagen romántica del genio solitario, la innovación es casi siempre una aventura colectiva. Detrás de cada gran invención se encuentran equipos, investigadores, ingenieros, emprendedores, instituciones públicas y comunidades de usuarios. Nadie transforma el mundo solo. Además, la inteligencia artificial debe combinarse con la inteligencia colectiva humana para aumentar el conocimiento y no reemplazar a los humanos.
Esta realidad se vuelve aún más evidente frente a los grandes desafíos contemporáneos como la transición energética, la salud para todos o la movilidad sostenible. Son demasiado complejos para ser resueltos por un solo actor. Requieren la cooperación entre disciplinas, empresas, corporaciones y territorios.
Estos avances comparten el punto común de responder efectivamente a importantes desafíos sociales.
Beneficiar a las catedrales del siglo XXI
A veces, una idea muy buena en el momento incorrecto puede resultar en fracaso. Esto es lo que sucedió con el asistente personal digital Newton. Un iPad antes de su tiempo, que llegó 20 años demasiado pronto, en una época sin Wi-Fi ni pantalla táctil a color. En otro contexto, el iPad se convirtió en un éxito mundial. Pero un fracaso también es una experiencia importante: nuestra plataforma precisamente mantiene la innovación en memoria y puede ser reutilizada cuando sea necesario, en el momento correcto.
De hecho, uno de los mayores obstáculos para la innovación no es tanto tecnológico como cultural. Con demasiada frecuencia, nos imponemos límites a nosotros mismos. Pensamos que un proyecto es imposible antes de siquiera intentarlo. La historia muestra que las grandes transformaciones a menudo comienzan con ideas consideradas inalcanzables. Ir a la Luna parecía imposible. Construir Internet parecía improbable. Diseñar un avión solar autónomo parecía inalcanzable.
En la Edad Media, las catedrales se construyeron a lo largo de varias generaciones. Eran el resultado de una visión colectiva, un conocimiento compartido y un proyecto que superaba a cada individuo. Hoy en día, las grandes transformaciones tecnológicas podrían ser las catedrales del siglo XXI. No monumentos de piedra, sino mundos virtuales capaces de transformar la salud, la energía, la movilidad, la educación o la industria.
Para lograrlo, se necesita una cosa esencial: creer que este futuro es posible. Porque la innovación no es solo cuestión de algoritmos, laboratorios o financiación. Es principalmente una cuestión de visión. Nuestra era está atravesada por una profunda tensión. Por un lado, las crisis climáticas, geopolíticas y sociales alimentan un sentimiento de pesimismo. Por otro, las capacidades científicas y tecnológicas nunca han sido tan poderosas. Por lo tanto, tenemos dos caminos posibles. Uno puede ser decidir colectivamente inventar un nuevo mundo.
La innovación puede ser uno de los motores de este futuro deseable.


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