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Escuelas clandestinas de drones en Colombia: la nueva frontera del conflicto armado

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En medio de un conflicto armado que continúa evolucionando rápidamente y adoptando nuevas lógicas operativas, Colombia ahora se enfrenta a una forma de guerra que hasta hace poco parecía distante: la consolidación de escuelas de drones clandestinas.

Estos centros de entrenamiento, ubicados en áreas de difícil acceso y a menudo vinculados a través de fronteras, están siendo utilizados por grupos armados ilegales para entrenar a jóvenes reclutas en el uso de tecnologías emergentes con fines de combate. El surgimiento de estas estructuras representa no solo un salto técnico en capacidades, sino también un cambio estratégico que podría intensificar la violencia en regiones históricamente afectadas por conflictos.

Según fuentes militares y informes públicamente disponibles, estas escuelas comenzaron a tomar forma más clara alrededor de 2025 y han ganado constantemente fuerza. Su expansión ha generado preocupación entre las agencias de seguridad, especialmente después de ataques confirmados utilizando drones modificados capaces de transportar explosivos, algunos reportadamente mejorados con software avanzado para mejorar la precisión de apuntar.

Este desarrollo señala una transición hacia formas de guerra menos visibles, más móviles y potencialmente más letales, donde la distancia física ya no es una barrera para ejercer control o infligir daño.

El uso de drones en conflictos armados no es nuevo a nivel mundial, pero su incorporación sistemática en la guerra interna de Colombia marca un punto de inflexión. En solo unos años, los grupos armados ilegales han pasado de experimentaciones rudimentarias a desplegar dispositivos capaces de ataques coordinados, incluidas operaciones nocturnas con niveles crecientes de precisión. Esta evolución parece ser el resultado de procesos de aprendizaje estructurados, como los que supuestamente tienen lugar en estas escuelas clandestinas.

En regiones como Catatumbo, este cambio ya ha tenido consecuencias directas para los civiles. Como lo destacó el medio de comunicación El Colombiano, el 16 de mayo de 2025, en una zona rural de Tibú, se utilizó un dron para lanzar un dispositivo explosivo sobre una modesta vivienda, matando a un niño e hiriendo a varios otros.

Días después, un ataque similar destruyó estructuras en un lugar conocido como Tres Curvas. Más recientemente, en marzo de 2026, drones equipados con altavoces sobrevolaron asentamientos rurales, transmitiendo amenazas que llevaron al desplazamiento forzado de docenas de residentes, incluyendo niños y adolescentes.

Estos incidentes no solo destacan las capacidades técnicas adquiridas por los grupos armados, sino también su intención de utilizar estas herramientas como mecanismos de control territorial y psicológico. La capacidad de golpear sin presencia física directa reformula las reglas de enfrentamiento y amplía el alcance operativo.

Además, el uso reportado de impresión en 3D para fabricar componentes sugiere un creciente nivel de sofisticación que podría seguir evolucionando en el futuro cercano.