El 20 de febrero de 2022, los Juegos Olímpicos de Pekín llegaron a su fin bajo los reflectores del mundo. Cuatro días después, los tanques rusos ingresan a Ucrania. Dos eventos, en la misma escena mundial: la vuelta de las grandes potencias autoritarias. Este cronograma, lejos de ser una coincidencia, simboliza el cambio de un mundo hacia un nuevo orden internacional. Ese mismo día, Moscú y Pekín proclaman una «asociación sin límites», sellando un pacto geopolítico sin precedentes. Rusia busca apoyo frente a Occidente. China ve la oportunidad de afirmar su poder frente a los Estados Unidos. Para comprender la amplitud de estas relaciones, es necesario rastrear la compleja historia y analizar los resortes de su acercamiento desde 2014, revelando las fragilidades de una asociación tanto estratégica como profundamente asimétrica.
De la desconfianza histórica a la normalización
Según la diplomática Sylvie Bermann en «El Oso y el Dragón», las relaciones entre Rusia y China se basan en una larga historia de desconfianza y fascinación mutua. Los primeros contactos formales datan del inicio del siglo XVII, con la misión rusa de 1619 enviada a la corte imperial Ming. A pesar de algunas interacciones limitadas a lo largo de las antiguas rutas de la seda, Rusia sigue estando en gran medida al margen del comercio euroasiático. Este acercamiento sino-ruso no nace de una amistad histórica, sino de una larga historia de rivalidades territoriales y equilibrios frágiles que continúan moldeando la geopolítica del dúo Rusia-China, donde la confianza es medida y la prudencia es esencial.
La alianza rota del comunismo
Cuando la República Popular China se proclamó en 1949, buscó un aliado para consolidar su régimen y protegerse del bloque occidental. En febrero de 1950, las dos potencias oficializaron su amistad con la firma del Tratado de amistad, alianza y asistencia mutua. Sin embargo, esta alianza se desmoronó rápidamente con la desestalinización lanzada por Nikita Jrushchov en 1956, lo que llevó a una ruptura política definitiva en 1960 durante escaramuzas a lo largo del río Ussuri en 1969. Esta amistad sino-soviética se desmoronó menos de una década después de su nacimiento, cediendo a una rivalidad estratégica para determinar el líder del bloque comunista.
El acercamiento sino-estadounidense: un revés estratégico para Moscú
En el corazón de la Guerra Fría, el acercamiento entre Pekín y Washington sacudió profundamente el equilibrio mundial. En 1971, Henry Kissinger, asesor de seguridad nacional del presidente estadounidense Richard Nixon, realizó una visita secreta a Pekín. Este viaje marcó el comienzo de un diálogo histórico entre dos enemigos ideológicos unidos por un temor común: la expansión soviética. Al año siguiente, en febrero de 1972, Nixon pisó suelo chino por primera vez, simbolizando un giro estratégico. La China, anteriormente aislada desde la ruptura sino-soviética, volvió a participar en el juego diplomático internacional, lo que representó un revés para Moscú, que veía a su antiguo aliado revolucionario cortejado por su principal adversario.
El calentamiento post-Guerra Fría
Tras la caída de la URSS en 1991, Rusia estaba debilitada y buscaba nuevos aliados. Pekín aprovechó la oportunidad para fortalecer su influencia y asegurar sus suministros de energía y armamento. En la década de 1990, las dos capitales multiplicaron los intercambios diplomáticos y económicos. En 2001, el Tratado de buena vecindad y cooperación amistosa formalizó este acercamiento, ofreciendo a Moscú un socio económico y diplomático confiable en su órbita regional. Esta alianza pragmática abrió paso a una cooperación estratégica duradera entre los dos gigantes.
El giro estratégico de la asociación Rusia-China en el siglo XXI
2014: Crimea, punto de inflexión
El año 2014 marcó un punto de inflexión crucial en la geopolítica ruso-china. La anexión de Crimea por parte de Rusia provocó una onda de choque mundial y desató una ola de sanciones económicas occidentales sin precedentes. Para evitar su aislamiento internacional, Moscú se volcó hacia Pekín y desarrolló una geopolítica de los parias, acercándose masivamente a los países marginados por la comunidad internacional. China rápidamente se convirtió en el principal socio económico y diplomático de Rusia. Los intercambios crecieron exponencialmente, especialmente en el sector energético. Por ejemplo, en 2014, ambos países firmaron un contrato histórico de 400 mil millones de dólares para la construcción del gasoducto «Fuerza de Siberia», simbolizando la creciente dependencia de Moscú respecto al mercado chino.
2022: Asociación sin límites
El 4 de febrero de 2022, detrás del ruido de los tambores que anunciaban el comienzo de los juegos, se escondía el anuncio de una asociación sin límites. Esta declaración marcó un hito simbólico en las relaciones sino-rusas. De hecho, sellaron una oposición común a la «expansión de la OTAN y la hegemonía occidental». Unas semanas más tarde, la invasión de Ucrania por parte de Rusia dio a esta fórmula un resonancia geopolítica inédita. Vladimir Putin no tiene muchas opciones. Debe demostrar a Occidente que no está aislado internacionalmente. Pekín aparece como una atractiva alternativa. Xi Jinping ve la oportunidad de garantizar sus suministros energéticos a precios bajos y fortalecer su influencia sobre un vecino debilitado. En 2023, Rusia suministra más del 15% del petróleo chino y los pagos se realizan ahora en yuanes. Proyectos estructurales, como el gasoducto «Fuerza de Siberia», sientan las bases concretas de esta nueva alianza.


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