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Fluctúa pero no se hunde: geopolítica de los flujos y conflictos marítimos contemporáneos

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Los mares y océanos de todo el mundo son principalmente lugares de paso para buques comerciales y militares, y como tal se convierten en lugares de conflictividad cuyo control es esencial desde el punto de vista estratégico y económico.


A medida que Irán restringe el acceso al Estrecho de Ormuz, provocando un aumento en las primas de seguros y una brusca desaceleración en los flujos de petróleo y gas, la vulnerabilidad de la economía mundial se pone de manifiesto. Los ataques cruzados, las amenazas de «escoltas armadas» y la creciente militarización del Golfo Pérsico convierten a esta vía en un laboratorio de conflictos del siglo XXI.

Esta crisis no surge de la nada: prolonga una larga historia de enfrentamientos en torno a estrechos, canales y mares internos. Desde Panamá hasta Ormuz, pasando por el Mar Rojo y el Ártico, se están aplicando lógicas de control de flujos.

Desde el Canal de Panamá hasta el Estrecho de Ormuz

Desde 2025, Estados Unidos ha intensificado su compromiso estratégico en el control de espacios marítimos y puntos de tránsito críticos, mediante una serie de operaciones militares y diplomáticas dirigidas. En América Latina, esta postura se tradujo en una intervención directa en Venezuela en enero de 2026, donde un «ataque de gran envergadura» golpeó infraestructuras militares y portuarias, incluyendo la base aérea Generalissimo Francisco de Miranda y el puerto de La Guaira, principal acceso marítimo a Caracas. Esta operación, llamada «Absolute Resolve», resultó en la captura del presidente Nicolás Maduro, acusado de tráfico de drogas y desestabilización regional, y confirmó la voluntad estadounidense de asegurar las rutas del Caribe y contrarrestar la influencia china y rusa en la región.

En los años 1980, Estados Unidos ya había afirmado su presencia en América Central, con operaciones como Urgent Fury en Granada en 1983, destinadas a proteger a los ciudadanos estadounidenses y limitar la influencia cubana. En diciembre de 1989, la «operación Just Cause» en Panamá marcó un punto de inflexión: cerca de 27,000 soldados estadounidenses fueron desplegados para derrocar al general Manuel Noriega, un antiguo aliado que se convirtió en un obstáculo para la estabilidad regional y el control del Canal de Panamá, un paso estratégico para el comercio mundial.

Más recientemente, las ambiciones estadounidenses se han expandido al Ártico. Recordemos que la administración Trump ya mencionaba su interés en adquirir Groenlandia en 2019, interés reafirmado con fuerza desde hace un año. Esta iniciativa refleja la creciente importancia de las rutas marítimas polares en un contexto de derretimiento de los hielos. Esta voluntad de control se ha visto reforzada en 2025-2026 con el aumento de patrullas e infraestructuras militares en la región, con el objetivo de asegurar el acceso al Paso del Noroeste y contrarrestar las ambiciones rusas y chinas.

En febrero de 2026, Estados Unidos lanzó la operación «Epic Fury» contra Irán, una extensa campaña militar para neutralizar las capacidades balísticas y navales iraníes, así como impedir una rápida reconstitución de estas fuerzas. Iniciada el 28 de febrero de 2026, esta operación movilizó ataques aéreos masivos, drones y una coordinación interarmas, confirmando la voluntad estadounidense de controlar los espacios estratégicos de Oriente Medio y asegurar los flujos energéticos y comerciales, una voluntad que se ha visto exacerbada por el cierre del Estrecho de Ormuz por parte de Teherán.

La implicación europea

Ante esta escalada, Europa ha reaccionado con determinación. Varios estados miembros de la UE han desplegado significativos medios navales para asegurar Chipre y las rutas marítimas estratégicas hacia Suez y Ormuz. Italia ha desplegado la fragata «Martinengo» cerca de Chipre junto a la fragata española «Cristobal Colon», mientras que los Países Bajos han preparado la fragata «HNLMS Evertsen» para operaciones regionales. Alemania ha enviado la fragata «FGS Nordrhein-Westfalen» a la zona de Chipre, y Grecia ha movilizado su nueva fragata «Kimon», equipada con un sistema de defensa aérea de largo alcance, así como la fragata clase «Hydra Psara». El Reino Unido ha anunciado el envío del destructor de defensa aérea «HMS Dragon» a Chipre, equipado con el sistema de misiles «Sea Viper» y helicópteros con capacidades anti-drones. Francia, por su parte, ha ordenado el despliegue de su portaaviones «Charles-de-Gaulle», que aún se encontraba en el Báltico, junto con sus medios aéreos embarcados y su escolta de fragatas hacia el Mediterráneo.

Esta movilización europea coordinada tiene como objetivo proteger las bases británicas en Chipre, atacadas por drones iraníes, y asegurar las vitales rutas energéticas en un momento en el que la circulación en el Estrecho de Ormuz sigue siendo un asunto crucial, perturbando el suministro global de petróleo y gas.

En marzo de 2026, la presión ejercida sobre Irán se inscribe en esta continuidad estratégica: ilustra una doctrina de aseguramiento de los flujos energéticos, comerciales y digitales, ahora concentrados en zonas pivotales como el Golfo Pérsico, el Mar Rojo, el Mediterráneo occidental y el Alto Norte.

El Estrecho de Ormuz, por donde transita entre el 20 y el 25% del petróleo y gas natural licuado mundial, sigue siendo el cuello de botella central de la economía global. Su geografía proporciona a Teherán una palanca estructural para perturbar la libertad de navegación. Los análisis de inteligencia marítima de 2024 muestran que la disminución del tráfico en esta zona se debe a la disuasión indirecta iraní y al impacto de primas de seguros, sin necesidad de un minado masivo. A diferencia de Gibraltar o Suez, los barcos que atraviesan Ormuz llegan directamente a las costas del Golfo, donde se concentran infraestructuras petroquímicas, terminales de GNL y unidades de desalinización, que se han convertido en objetivos estratégicos.




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En el contexto actual, donde los flujos marítimos – energéticos, comerciales y digitales – se convierten tanto en desafíos como en armas, la capacidad de los estados para garantizar su control continuo se impone como un imperativo estratégico. Es esta exigencia de dominio y resistencia frente a las perturbaciones la que encuentra eco en la adaptada divisa «Fluctuat nec mergitur» (que podría traducirse como «Es sacudido por las olas pero no se hunde»): nos adentramos de lleno en la era de la polémica – de «polémica» (guerra) y «rheos» (flujo).