Inicio Mundo Nuestra agricultura, rehén de la geopolítica mundial

Nuestra agricultura, rehén de la geopolítica mundial

19
0

Nuestra agricultura tiene un punto ciego: su dependencia de los combustibles fósiles la convierte en una de las primeras víctimas de cada crisis geopolítica. El cierre del estrecho de Ormuz desde el 28 de febrero de 2026 ha demostrado brutalmente: petróleo a más de 100 dólares por barril, precios de los fertilizantes de nitrógeno que se disparan, bloqueo de exportaciones de urea y azufre que transitan en gran medida por esta región del mundo… Liberarse de esta dependencia ya no es una opción. Es una necesidad que debemos y podemos abordar desde ahora.

El sector agrícola es el quinto sector más consumidor de energía en Francia, con un consumo total de 98 TWh si consideramos los consumos directos de energía (GNR, electricidad, gas) e indirectos (fertilizantes, insumos y alimentación del ganado). La gran mayoría de este consumo energético proviene, directa o indirectamente, del petróleo y gas fósiles.

Detrás de los números, realidades muy concretas: el diésel no destinado a la carretera que hace funcionar los tractores, los fertilizantes de nitrógeno de síntesis producidos a partir de gas natural en el corazón de los sistemas de cultivo, los alimentos importados de la otra punta del planeta que alimentan los rebaños de las granjas. Esta dependencia de una energía fuertemente sujeta a los movimientos geopolíticos mundiales pone en peligro la economía de las granjas, su capacidad para producir y, en última instancia, para alimentarnos.

Una exposición doble al choque de Ormuz

El diésel para labrar y cosechar se dispara, y los precios de los fertilizantes de nitrógeno se han más que duplicado en solo unos días. Para las explotaciones agrícolas de cultivos extensivos, la doble penalización es inmediata. Podrían ver aumentar sus costos económicos en 10,000 euros por explotación, lo cual es significativo considerando el resultado de una explotación agrícola, que asciende a 32,000 euros en promedio.

«Hay que repensar nuestra manera de producir alimentos, y ofrecer a los agricultores un marco y los medios para hacer la transición hacia su resiliencia energética».

En un contexto donde la inestabilidad parece convertirse en la norma, las soluciones económicas de emergencia ya no pueden ser suficientes y, pase lo que pase, acabarán siendo demasiado costosas y por lo tanto, insostenibles. Hay que repensar nuestra manera de producir alimentos, y ofrecer a los agricultores un marco y los medios para hacer la transición hacia su resiliencia energética, de la cual cada vez depende más su estabilidad económica.

La buena noticia es que la transición no es una utopía. Ya está en marcha, y existen herramientas concretas para promoverla.

Soluciones operativas

En cuanto al combustible, gracias a la conducción ecológica y a los cambios en las prácticas técnicas, como la reducción del laboreo, se pueden lograr ahorros significativos.

En cuanto a los fertilizantes, controlar el nitrógeno a través de herramientas de ayuda a la decisión y equipos de esparcimiento, combinados con acciones para mejorar la fertilidad del suelo y la introducción de leguminosas, permiten lograr entre el 20% y el 40% del potencial total de ahorro posible.

Finalmente, en la alimentación animal, una mayor autonomía forrajera, mediante una gestión optimizada del pasto, el pastoreo y un aumento de leguminosas en las raciones, puede reducir el consumo de energía en un 7% para los cultivos extensivos y un 17% para la cría de ganado lechero.

El programa Fabacé, financiado exclusivamente por los certificados de ahorro energético en el sector agrícola, demuestra concretamente que estos enfoques pueden implementarse a gran escala. Conformado por un colectivo de 140 animadores, acompaña a 3,000 explotaciones agrícolas hacia prácticas más eficientes en energía directa e insumos, con el objetivo de reducir el consumo energético en un 15% para finales de 2027.

La cuestión de la dependencia energética no se limita al estadio de producción agrícola, que representa solo una cuarta parte de los consumos energéticos del sistema alimentario. Se inscribe en una convergencia más amplia entre desafíos energéticos, climáticos, de biodiversidad y de salud, que involucra a todo el sistema alimentario, desde los insumos hasta la transformación, el transporte, la distribución y los modos de consumo.

La transición energética agrícola no es un lujo

En este contexto, los enfoques más robustos son aquellos que combinan la austeridad y la transformación de los sistemas, incluyendo la evolución de los hábitos alimentarios. El desarrollo de sistemas más autónomos en insumos, como la agricultura orgánica, contribuye a esta dinámica al reducir estructuralmente la dependencia de los combustibles fósiles y los insumos importados.

Cuestiones climáticas y ambientales, resiliencia económica y soberanía alimentaria… Estos temas están en el centro de las preocupaciones políticas actuales. Sin embargo, una agricultura mayoritariamente dependiente de los combustibles fósiles no puede garantizar, en caso de una crisis geopolítica prolongada, la continuidad de su producción. Al impulsarla hacia un mayor rendimiento, al saturar nuestros campos con fertilizantes y maquinaria, lo que hacemos en última instancia es reforzar nuestra dependencia.

Parece que la situación se está calmando en el estrecho de Ormuz, pero vendrán otras crisis. La verdadera pregunta no es cuándo ocurrirá la próxima, sino si nuestras granjas estarán preparadas para resistir. Cada inversión en la resiliencia energética de las explotaciones agrícolas representa una reducción de la exposición a los próximos choques.

(Marc Batty, cofundador de la foncière solidaire FEVE que moviliza el ahorro ciudadano para financiar granjas orgánicas en Francia, y Christian Couturier, director de Solagro, asociación que promueve la gestión económica, solidaria y sostenible de los recursos naturales.)