La China califica la visita del Primer Ministro canadiense como «un punto de inflexión» en las relaciones
En teoría geopolítica, una potencia media es un estado que no tiene el dominio global de una superpotencia, pero que posee un peso económico, diplomático, tecnológico o regional suficiente para influir en las dinámicas internacionales. Las potencias medias no crean el sistema internacional, pero contribuyen a dar forma a las reglas. Prefieren las coaliciones, las instituciones y la diplomacia en lugar del uso unilateral de la fuerza.
Países como Canadá, Australia, Reino Unido, Francia, Alemania o los países nórdicos pertenecen a esta categoría, aunque su peso relativo ha disminuido frente a la ascensión de potencias emergentes como India, Indonesia o Brasil.
Una vulnerabilidad común Es esencial destacar que la noción de «potencia media» no se refiere a una identidad colectiva. Lo que las une hoy en día es, sobre todo, una vulnerabilidad común: su fuerte inserción en las redes del comercio mundial y de la seguridad internacional, ahora instrumentalizadas por las grandes potencias.
La fórmula contundente de Mark Carney -«O estás en el menú, o estás en la mesa»– resume el dilema al que se enfrentan las potencias medias. En un contexto donde los aranceles, las sanciones, las cadenas de suministro y las infraestructuras financieras se convierten en herramientas de coerción, la dependencia se transforma en un handicap estratégico.
Para las potencias medias, el diálogo con China surge menos de una convergencia ideológica que de un imperativo de supervivencia geopolítica. Pekín ofrece acceso a su mercado, inversiones, cooperaciones tecnológicas y, sobre todo, una forma de previsibilidad. A los ojos de muchas capitales occidentales, China parece hoy más constante que un Estados Unidos imprevisible, que trata cada vez más a sus aliados como palancas en lugar de socios.
Lo que cada país ha obtenido
Los resultados de estas visitas han sido más pragmáticos que revolucionarios.
Reino Unido: El Primer Ministro Keir Starmer logró reducciones arancelarias (especialmente en el whisky), facilidades de visado, acuerdos en salud y comercio, así como un aumento en las inversiones. Sobre todo, Londres afirmó que ya no oscilaría entre Washington y Pekín, reclamando una autonomía estratégica.
Canadá: La visita de Mark Carney permitió ampliar los canales comerciales, fortalecer la cooperación en vehículos eléctricos y reducir la excesiva dependencia de las exportaciones hacia Estados Unidos. Simbólicamente, confirmó la negativa canadiense a ceder ante la coerción económica estadounidense.
Finlandia y países nórdicos: Las discusiones se centraron principalmente en tecnología, energía limpia y cooperación industrial, resaltando el papel central de China en las cadenas de suministro críticas.
Francia y Alemania: París y Berlín buscan acceso industrial, cooperación climática y partenariados tecnológicos, protegiéndose discretamente de la imprevisibilidad estadounidense. La orden alemana de tecnologías satelitales y de detección antimisiles ilustra la voluntad europea de reforzar su autonomía estratégica.
Ninguno de estos países realiza un «giro» completo hacia China. Todos practican el «hedging» – una estrategia de cobertura para reducir la exposición a una sola gran potencia.
Lo que revela la reacción de Trump
La reacción de Donald Trump ha sido abiertamente hostil. Calificó las relaciones sino-británicas como «muy peligrosas» y advirtió a Canadá que «China no es la solución». Esta reacción es reveladora: para Washington, la presencia de líderes occidentales en Pekín significa una pérdida de control. El orden internacional de la posguerra fría descansaba tanto en el poder estadounidense como en el consentimiento de sus aliados – un consentimiento ahora condicional.
Paradójicamente, las amenazas de Trump confirman el argumento de Carney: la integración económica se ha convertido en un arma. Cada amenaza arancelaria y humillación pública refuerza el incentivo de las potencias medias a diversificarse fuera de la órbita estadounidense.
¿Han desviado los aranceles estadounidenses a China hacia el mercado europeo?
Las potencias medias no están buscando la protección china, sino opciones. Quieren acceder al vasto mercado chino, participar en sus ecosistemas industriales y cooperar en áreas de tecnologías verdes, infraestructuras y finanzas. Buscan sobre todo un margen de maniobra: la capacidad de decir «no» a Washington sin sufrir un costo excesivo.
Aunque el aliado europeo más cercano de Trump, el presidente finlandés Alexander Stubb, llamó a Europa a reconocer que la ideología de la actual política exterior estadounidense ya no coincide con los valores fundamentales europeos.
Las alianzas con Estados Unidos no desaparecen, pero se equilibran. La relación se vuelve menos jerárquica y más transaccional. El mensaje es claro: la lealtad ya no se da por sentada, debe ganarse.
Lecciones geopolíticas
Se desprenden varias conclusiones importantes:
1) El orden basado en normas se ha resquebrajado: no porque esas normas nunca hayan existido, sino porque Estados Unidos ahora las evade abiertamente cuando le resultan restrictivas.
2) Las potencias medias ya no son pasivas: experimentan coordinación, diversificación y coaliciones de geometría variable. La supervivencia es la prioridad absoluta.
3) China se beneficia de la sobreextensión estadounidense: la postura china de estabilidad y diálogo contrasta fuertemente con la imprevisibilidad y el tono coercitivo, e incluso abusivo, de Washington.
4) La multipolaridad se acelera: no por el surgimiento de un nuevo hegemonio, sino por la acción colectiva de estados que se niegan a ser dominados por una sola superpotencia.
5) «America First» tiende a significar «America Alone»: el aislamiento es el producto directo de la estrategia de Trump, y la coerción se convierte en el medio para retrasar el desafecto y la marginación.
En resumen, el viraje hacia Pekín no refleja una conversión ideológica, sino un ajuste pragmático a un orden internacional fracturado. A medida que Estados Unidos se desliga de sus propias reglas y privilegia la coerción, las potencias medias afirman su capacidad de acción mediante la diversificación, la coordinación y coaliciones flexibles, con la supervivencia como brújula estratégica.
China se ha beneficiado de esta secuencia no por la fuerza, sino proyectando estabilidad, diálogo y previsibilidad frente a la volatilidad estadounidense. El resultado es una multipolaridad acelerada, impulsada menos por el surgimiento de un nuevo amo del juego que por la voluntad colectiva de estados que rechazan cualquier subordinación exclusiva.
En este contexto, «America First» es cada vez más percibido como «America Alone», mientras Pekín se consolida como un polo central -si no indispensable- de un orden mundial ahora plural.
(*) Con especialización en geopolítica y relaciones internacionales, y postdoctorados realizados en el marco de programas de la Unión Europea en la Universidad de Siegen (Alemania) y en la Universidad de Utrecht (Países Bajos).
Las opiniones expresadas en la sección de Debates son contribuciones externas que no comprometen a la redacción.






