El agua, bien común de la humanidad, está en el centro de las rivalidades geopolíticas y estratégicas en Oriente Medio. Esta región, ya marcada por conflictos armados y recomposiciones políticas, convierte al agua en un elemento central de poder y vulnerabilidad para los estados. Especialmente expuestas al estrés hídrico, acumulan varios factores agravantes como el cambio climático, el crecimiento demográfico y la degradación de infraestructuras hidráulicas. Estas dinámicas refuerzan las tensiones y convierten la gestión del agua en un desafío económico, social y de seguridad.
Los trabajos de geopolítica del agua subrayan que raramente existen «guerras por el agua» en el sentido estricto. El agua actúa más como un multiplicador de riesgos en conflictos latentes. Esta perspectiva se ve confirmada por análisis del Portal de Inteligencia Económica sobre Asia Central, donde el acceso al agua se describe como un importante vector de poder. Este acceso puede alimentar tensiones interestatales o locales, aunque no sea la única causa.
En este contexto, Egipto e Israel presentan dos trayectorias contrastantes. Egipto depende casi en su totalidad de un río transfronterizo, el Nilo, y ve su seguridad hídrica amenazada por la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD). Israel, enfrentado durante mucho tiempo a una escasez crónica de agua, ha convertido al agua en un activo tecnológico y geopolítico a través de la desalinización y el reuso de aguas residuales, al mismo tiempo que instrumentaliza este recurso en el conflicto con los palestinos. En ambos casos, el agua se ha integrado a la seguridad nacional y se encuentra en el centro de los discursos políticos y de las decisiones estructurantes.
Egipto: una dependencia existencial del Nilo bajo tensión
Vulnerabilidades estructurales y aumento del estrés hídrico
Egipto depende del Nilo para más del 90 al 98% de sus recursos de agua dulce. Este nivel de dependencia es constantemente mencionado por los funcionarios egipcios, quienes describen esta dependencia como una cuestión de supervivencia nacional. Los estudios sobre la gestión de los recursos hídricos del país hablan de una crisis alarmante, haciendo hincapié en la insuficiencia del recurso disponible por habitante, la contaminación de los canales de riego y el retraso en la modernización de las redes de agua potable y saneamiento.
Esta vulnerabilidad se ve reforzada por varias dinámicas estructurales. Por un lado, el crecimiento demográfico coloca al país por debajo de los umbrales de disponibilidad de agua por habitante, usualmente asociados con la seguridad hídrica. Por otro lado, el cambio climático se espera que reduzca las precipitaciones en la cuenca del Nilo y aumente la variabilidad hidrológica, aumentando los riesgos de sequías prolongadas. A esto se suman la salinización progresiva del delta y la degradación de los suelos agrícolas, amplificados por la potencial disminución de los caudales y prácticas agrícolas intensivas.
Las consecuencias económicas y sociales de estas tensiones son visibles. Un estudio sobre subsidios alimentarios destaca que la finalización de la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD), la guerra en Ucrania y la disminución de los ingresos del Canal de Suez constituyen un «choque externo» importante. Esto contribuye a debilitar tanto la seguridad alimentaria del país como sus equilibrios presupuestarios. Por lo tanto, una reducción, aunque sea moderada, de los aportes del Nilo aumentaría la presión sobre las finanzas públicas y la dependencia de las importaciones, corriendo el riesgo de alimentar protestas sociales.
La disputa en torno al GERD: conflictividad diplomática
La finalización del GERD y el inicio de las fases de llenado a partir de 2020 han reconfigurado profundamente las relaciones de poder hidropolíticas en el Nilo. Egipto considera este proyecto como una amenaza directa para su seguridad hídrica. Solicita un acuerdo legalmente vinculante para regular el llenado y la operación de la presa. Este acuerdo debería incluir un caudal mínimo garantizado y una compartición transparente de datos hidrológicos. Esta postura se inscribe en la continuidad de los acuerdos de la época colonial, que aseguraban a El Cairo casi la totalidad de las aguas del río. Por su parte, Etiopía rechaza estas reclamaciones en nombre de su soberanía y derecho al desarrollo.
Estas tensiones se manifiestan a través de varios episodios de crisis. En 2025, las inundaciones afectaron a Sudán y algunas zonas aguas abajo. El Cairo las atribuyó a descargas unilaterales de la presa. Addis Abeba rechazó estas acusaciones, destacando las precipitaciones excepcionales. Etiopía también señaló que la presa tiene exclusivamente una función hidroeléctrica. En este contexto, Egipto menciona una «línea roja» en caso de perjuicio significativo. Sin embargo, prioriza el recurso al derecho internacional y a la negociación. Paralelamente, las mediaciones internacionales continúan, especialmente bajo el impulso de Estados Unidos y la Unión Africana. Sin embargo, hasta el momento no han logrado llegar a un compromiso duradero.
Sin embargo, investigaciones hidrológicas recientes relativizan el riesgo de un enfrentamiento directo. Una gestión coordinada entre el GERD y la Alta Presa de Asuán permitiría limitar las consecuencias para los países aguas abajo. La principal vulnerabilidad está relacionada con episodios de sequía prolongada, más que con el funcionamiento de la presa. Dado el avanzado estado de llenado de la presa, una opción militar parece muy poco probable. Los costos políticos serían altos y los riesgos hidrológicos significativos. La rivalidad en torno al Nilo está evolucionando hacia formas de conflictividad indirectas, especialmente diplomáticas, legales e informativas. El escenario más probable sigue siendo un litigio duradero, marcado por tensiones recurrentes pero contenidas. El agua actúa más como una palanca estratégica que como un factor de escalada hacia un conflicto armado.
Israel: de la escasez crónica al poder hídrico asimétrico
Un dominio tecnológico que no aboliza la geopolítica
A nivel regional, Israel es una excepción en cuanto a la gestión del agua. Mientras muchos países del Cercano Oriente ven su seguridad hídrica debilitada por una mala gobernanza sectorial, infraestructuras subdesarrolladas o dañadas, Israel es a menudo citado como líder mundial en el agua, habiendo logrado transformar una debilidad estructural en una ventaja comparativa.
Este éxito se basa en tres pilares principales. En primer lugar, un esfuerzo masivo de desalinización del agua de mar. Según varios análisis de políticas públicas, alrededor del 70 al 75% del agua potable israelí proviene ahora de grandes plantas de desalinización en la costa mediterránea. Varios nuevas instalaciones están también en construcción. En segundo lugar, una política de reutilización de aguas residuales sin parangón: cerca del 90% de las aguas residuales son tratadas y reutilizadas, especialmente para riego, aliviando los acuíferos y el Mar de Galilea. Por último, inversiones en la eficiencia del riego (gota a gota, control preciso de los suministros) han consolidado una agricultura altamente dependiente.
Sin embargo, la dimensión geopolítica no ha desaparecido. Históricamente, el control de las aguas del Jordán y de los acuíferos ha desempeñado un papel significativo en los conflictos israelo-árabes, con proyectos de desvío controvertidos y ataques preventivos contra infraestructuras hidráulicas en la década de 1960. La conquista y el mantenimiento del control del Golán, alturas que alimentan la cuenca del Jordán, también han fortalecido la posición hidroestratégica israelí a largo plazo.
Hoy en día, Israel ejerce una «hidrohegemonía» en la cuenca del Jordán, controlando la mayoría de los recursos y dictando en gran parte los términos de los acuerdos de reparto, especialmente con Jordania y los Territorios Palestinos. Varios estudios recientes subrayan que esta asimetría se combina con el uso del agua como instrumento de negociación, condicionando, por ejemplo, suministros adicionales a Amán a acuerdos energéticos o políticos, como en el proyecto «Green Blue Deal» que busca intercambiar agua desalinizada israelí por electricidad solar jordana.
La posibilidad de un conflicto interestatal importante por el agua entre Israel y sus vecinos parece hoy limitada por el aumento del proceso de desalinización y la interdependencia creada por estos intercambios. Sin embargo, el recurso sigue siendo un tema sensible de soberanía y dependencia, capaz de alimentar tensiones políticas, especialmente cuando las opiniones públicas perciben estos acuerdos como ratificantes de desigualdades estructurales.
El agua como vector de conflictividad contra los palestinos
Es en el terreno israelo-palestino donde el agua está más directamente asociada a dinámicas de conflicto. En Cisjordania, Israel controla la mayor parte de los recursos del acuífero de montaña y de superficie. Este control se basa en un marco legal y militar heredado de las órdenes emitidas después de 1967, que someten la creación de nuevas infraestructuras palestinas a permisos raramente concedidos. Los estudios registran marcadas disparidades de consumo, con un promedio de alrededor de 70 a 80 litros por día por habitante para los palestinos, contra 165 a 300 litros para un israelí, dependiendo de las fuentes, en comparación con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud para los primeros.
Esta asimetría estructural se ha radicalizado con la guerra en Gaza desencadenada en octubre de 2023. Varios informes documentan una destrucción masiva de infraestructuras de agua y saneamiento. Análisis de imágenes satelitales e investigaciones de campo indican que más de la mitad de las instalaciones hidráulicas de Gaza (pozos, estaciones de bombeo, plantas de tratamiento de aguas residuales) fueron dañadas o destruidas en los primeros meses del conflicto. Estimaciones de ONG especializadas señalan que en 2024, hasta el 80 al 85% de las infraestructuras WASH (agua, saneamiento e higiene) estaban fuera de servicio o gravemente dañadas, resultando en una caída en la producción de agua a una fracción de su nivel anterior a la guerra.
Por otro lado, las autoridades israelíes cortaron y luego restringieron el suministro de agua proveniente de Israel. También redujeron drásticamente las entregas de electricidad y combustible necesarios para el funcionamiento de las bombas e instalaciones de desalinización, y limitaron la entrada de materiales esenciales para las reparaciones. Organizaciones internacionales y ONG, como Oxfam y Human Rights Watch, califican esta estrategia como el uso del agua como «arma de guerra», argumentando que ha contribuido a un aumento significativo de las muertes relacionadas con enfermedades hídricas, la desnutrición y la deshidratación.
Las agencias palestinas, por su parte, informan que, desde principios de 2024, alrededor del 40% de las redes de agua de Gaza estaban destruidas, dificultando el acceso a agua potable y sostenible para la mayoría de la población. Otros análisis mencionan una reducción del agua disponible por persona a unos pocos litros por día, muy por debajo de los estándares internacionales de emergencia, con un uso significativo de entregas de camiones cisterna a menudo insuficientes y costosas.
Más allá de la urgencia humanitaria, esta dinámica inserta el agua de forma duradera en el ámbito de la conflictividad política y legal. Investigaciones recientes sobre la «hidrohegemonía» israelí consideran que el control del recurso y la infraestructura forman parte de un dispositivo de control territorial y demográfico sobre los palestinos, tanto en Cisjordania como en Gaza. Las acusaciones de uso deliberado de la sed como arma de guerra, respaldadas por expertos de la ONU, podrían influir en los debates internacionales sobre crímenes de guerra. A largo plazo, podrían influenciar la forma en que la seguridad hídrica se integra en el derecho internacional humanitario.
En resumen, a corto plazo, la probabilidad de un conflicto armado mayor desencadenado únicamente por el agua sigue siendo poco probable, tanto en Egipto como en Israel. Sin embargo, los riesgos de desestabilización relacionados con el recurso son reales. En el caso egipcio, el riesgo reside en la capacidad de establecer un marco de cooperación duradero en el Nilo y modernizar profundamente la gestión interna del agua. El objetivo es reducir la vulnerabilidad estructural de la economía y la sociedad. En el caso israelí, la cuestión se centra más en sus usos en el conflicto con los palestinos y en las relaciones regionales. Estas prácticas pueden mantener una conflictividad duradera, con fuertes dimensiones políticas y humanitarias.
Las relaciones del Portal de Inteligencia Económica sobre otras regiones muestran que las tensiones hídricas a menudo surgen de una combinación de estrés ecológico, crecimiento demográfico y rivalidades políticas. Estos factores favorecen crisis complejas. En Oriente Medio, existen varios mecanismos de desescalada. La desalinización está en desarrollo, al igual que los acuerdos de intercambio de agua-energía y algunas formas de diplomacia del agua. Sin embargo, estas soluciones no son suficientes sin considerar las desigualdades de acceso y las percepciones de injusticia en Egipto e Israel.






