Es imposible hablar seriamente sobre los derechos humanos sin enfrentarse a un problema fundamental que ha acompañado este concepto desde su surgimiento moderno: la ideologización y los dobles estándares.
Los valores asociados con los derechos humanos, la libertad, la justicia y la igualdad, se presentan a menudo hoy en día como principios universales. Sin embargo, esta afirmación choca con una realidad histórica más compleja. Aunque asumamos que la Revolución Francesa marcó un punto de inflexión en la articulación de estas ideas en la era moderna, su aplicación nunca fue verdaderamente universal. Los lemas de libertad, igualdad y fraternidad fueron mantenidos dentro de Francia, mientras que las prácticas coloniales en el extranjero contradecían abiertamente esos mismos principios.
Por lo tanto, los dobles estándares no son una desviación reciente, sino una falla estructural incrustada en el discurso desde su inicio, una que continúa dando forma a la política internacional hoy en día.
Si queremos imaginar un mundo más justo, un principio debe prevalecer: estar del lado de los oprimidos, quienesquiera que sean y de dondequiera que vengan. Los valores éticos son indivisibles; no deben condicionarse por religión, nacionalidad, cultura o raza. En el momento en que lo hacen, los derechos humanos ya no son universales, se convierten en ideológicos.
Hoy en día, este problema ya no se limita a los gobiernos o las políticas; también ha llegado a los individuos. Las plataformas de redes sociales, por ejemplo, están llenas de expresiones selectivas de empatía. Uno puede resaltar el sufrimiento de un grupo en particular, mientras ignora intencional o involuntariamente el sufrimiento de otros.
De esta manera, la tragedia humana se vuelve selectiva, filtrada a través de la identidad en lugar de estar guiada por la justicia.
Este enfoque no fomenta la empatía genuina; profundiza las divisiones. Lleva a los individuos a reconocer solo el dolor de su propio grupo, mientras permanecen ciegos al sufrimiento de los demás.
Desideologizar los derechos humanos no significa negar las diferencias culturales o históricas. Más bien, significa trascenderlas cuando se trata de valores fundamentales. Los derechos humanos deben entenderse como derechos que pertenecen al ser humano como ser humano, no como miembro de un grupo particular.
Aquí es donde la educación se vuelve esencial. No es suficiente proclamar valores; deben ser cultivados. La educación nacional debe estar arraigada en una comprensión universal de los derechos humanos. Respetar todos los componentes de la sociedad independientemente de su tamaño o origen no solo es una condición para la justicia, sino también un fundamento para la cohesión social, la prevención de conflictos y la promoción de la confianza y la paz.
El mundo no necesita más lemas. Necesita coherencia moral, una armonía entre lo que se dice y lo que se practica.
Solo entonces los derechos humanos pueden liberarse de la ideología y recuperar su verdadero significado.
(Salim Nazzal es un investigador, conferenciante, dramaturgo y poeta palestino noruego, autor de más de 26 libros como «Perspectivas sobre el pensamiento, la cultura y la sociología política», «En el pensamiento, la cultura y la ideología», «El camino a Bagdad.»)





/2026/04/24/69eb5034554e4933585428.jpg)
