Al inicio de este 79º Festival de Cannes, con la mirada del mundo entero puesta en esta ciudad que se convierte, por unos días, en el lugar donde el cine deja de ser solo un arte para convertirse en una conciencia, una memoria e incluso un espejo de nuestra humanidad, me tomo la libertad de dirigirles estas palabras con respeto, con solemnidad y con la admiración silenciosa que siempre despierta una responsabilidad tan excepcional como la suya.
La búsqueda de la verdad
Durante diez días, van a ver obras llegadas de todas partes del mundo y escuchar voces diferentes. Van a recorrer relatos cargados de culturas, dolores, esperanzas y perspectivas a veces opuestas, pero todos buscan, de una manera u otra, decir algo sobre el ser humano. En esta tarea que les espera, no se trata solo de elegir películas, ni siquiera de entregar premios: se trata de discernir qué, entre todas esas obras, lleva en sí una verdad más profunda, una necesidad interior, una capacidad excepcional para tocar lo más universal en nosotros.
El cine no es solamente entretenimiento ni un objeto estético; es una manera de cuestionar nuestra época, de revelar nuestras contradicciones, de poner de relieve lo que a veces las sociedades callan. También es una forma de recordar que detrás de las fronteras, las ideologías y las diferencias culturales siempre permanece esa frágil humanidad que nos une unos a otros.
Van a tener que juzgar las obras. Más aún, van a tener que escuchar lo que dicen sobre el mundo, lo que revelan de nuestro tiempo, lo que transmiten sobre la soledad, la belleza, la violencia, la esperanza o la dignidad humana. Esta tarea exige mucho más que gusto o sensibilidad artística: requiere una forma de sabiduría, una capacidad para distanciarse, para superar las modas, las influencias, las expectativas, con el fin de mantenerse fiel a lo que, en el arte, sigue siendo esencial: la verdad.
Como escribió Paul Ricœur: «La tarea más difícil no es ver lo que nadie ha visto, sino pensar lo que nadie ha pensado sobre lo que todo el mundo ve.» Esta es su misión hoy: Observar. Ver una película no se reduce solo a mirar imágenes o analizar una puesta en escena; significa intentar comprender lo que una obra revela de nuestra humanidad, lo que lleva en silencio, lo que se atreve a decir donde a veces el mundo desvía la mirada. El verdadero juicio crítico no es el que juzga rápidamente, sino aquel que acepta ser desplazado internamente, que cuestiona sus certezas para lograr una comprensión más profunda de la obra y lo que busca transmitir.
Un trabajo inmenso
Señor Park Chan-wook, su cine ha mostrado a menudo que la belleza puede surgir de la complejidad humana, que las contradicciones no deben simplificarse sino mirarse con lucidez. ¿Su cine ha mostrado que el arte verdadero no siempre da respuestas, pero abre espacios de reflexión donde cada uno puede encontrar su propia conciencia? Es precisamente esta exigencia la que da hoy un sentido particular a su presencia al frente de este jurado.
A todos los miembros del jurado, hay que agradecerles antes de que se entreguen los premios, porque el trabajo que les espera es inmenso, a menudo invisible para el público, pero fundamental. Durante estos diez días, van a tener una responsabilidad que va mucho más allá del marco del festival en sí mismo, ya que sus decisiones resonarán a nivel mundial: contribuirán a hacer surgir voces, a dar un lugar a ciertas obras, a reconocer a artistas que a veces dedican años de su vida a llevar un relato frágil a la pantalla. El mundo los observa, ciertamente, pero más aún espera de ustedes una fidelidad a ciertos valores esenciales: la honestidad de la mirada, el valor de la elección, la independencia de pensamiento, la apertura al otro, y esa capacidad rara de distinguir lo que toca profundamente el alma humana de lo que solo reduce momentáneamente las apariencias.
Hoy, es fácil ceder al ruido, a las tendencias, a las reacciones inmediatas, pero es mucho más difícil mantenerse fiel a una exigencia interna, a esa intuición silenciosa que reconoce una obra sincera, una obra necesaria, una obra que tal vez atraviese el tiempo porque contiene una parte de verdad humana.
El Festival de Cannes no es solo una celebración del cine: es también, de cierta manera, un lugar donde nuestra época se mira a sí misma, donde intenta comprender sus fracturas, sus miedos, sus sueños y esperanzas. Y en este contexto, su papel se vuelve casi filosófico: están llamados no solo a premiar, sino a discernir lo que merece permanecer en la memoria colectiva.
Así que, en estos diez días de proyecciones, reflexión y deliberación, que su mirada siga siendo libre, exigente y profundamente humana. Que nunca olviden que detrás de cada película hay seres humanos que han intentado, con sinceridad, decir algo sobre el mundo y la condición humana. Que sus elecciones estén a la altura no solo del cine, sino también de esa parte de humanidad que el arte, cuando es verdadero, siempre busca salvar.





