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El uso del velo permitido en documentos oficiales en Rusia: El Kremlin lidia con una población musulmana en crecimiento

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La decisión marca un quiebre con las reglas heredades de la era soviética, durante la cual se prohibían cualquier signo religioso, como la cruz, la kipá o el velo islámico, y solo se permitían los símbolos del régimen en el espacio público. La laicidad en la Rusia actual es de otra naturaleza: establecida en el artículo 14 de la Constitución, no prohíbe lo religioso, pero garantiza la neutralidad del estado. Ninguna religión puede ser erigida como oficial u obligatoria, y todas las organizaciones religiosas son iguales ante la ley.

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Un gesto hacia el Islam

La medida se dirige principalmente a los cerca de 17 a 20 millones de musulmanes en Rusia, de una población de 145 millones según los últimos censos disponibles, ya que las autoridades no han publicado más datos desde 2020. La segunda religión del país después del cristianismo (principalmente ortodoxo), el Islam está mayoritariamente presente en el Cáucaso y en Tartaristán, una república de la Volga con una identidad confesional fuerte. Para Laetitia Spetschinsky, especialista de Rusia y profesora invitada en UCLouvain, la medida es un cálculo «muy prudente». «El Kremlin está lidiando con una población musulmana en crecimiento, que tiene una identidad política muy marcada por su confesión.»

Esta división geográfica, sin embargo, es fuente de tensiones políticas latentes. «Cuando las minorías confesionales, Étnicas o lingüísticas se dispersan por el territorio, es mucho más fácil para el estado gestionar los riesgos de secesión o demandas de autonomía. Cuando están concentradas en regiones muy definidas como aquí», la situación se vuelve políticamente mucho más delicada para el Kremlin, según la investigadora.

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Un estado multiétnico

La decisión se enmarca en una retórica más amplia, la de Rusia como un «estado civilización», una fórmula utilizada regularmente por Vladimir Putin en sus discursos. Reuniendo cerca de 185 grupos étnicos distribuidos en 21 repúblicas federadas, Rusia cultiva la imagen de un estado moldeado por siglos de mezcla étnica, religiosa y lingüística. El Kremlin suele evocar el legado de la era mongola, presentándola como un modelo de convivencia religiosa, en una época en la que Rusia estuvo dominada durante casi dos siglos por la Horda de Genghis Khan. Según esta narrativa, los mongoles nunca impusieron su religión, adaptándose a las poblaciones locales.

«Rusia afirma haber heredado este respeto por las religiones», explica Laetitia Spetschinsky. Según ella, «Vladimir Putin es verdaderamente un ideólogo, ya que busca, junto con sus consejeros, discursos que funcionen. Tiene una producción ideológica constante en torno al estado civilización para exaltar la diversidad». La puesta en escena está bien ensayada: en cada discurso ante la Nación o la Asamblea Federal, el presidente se rodea ostentosamente de representantes de todas las confesiones, uniendo al gran muftí, el gran rabino y el patriarca ortodoxo.

Diversidad reconocida, pero vigilada

Esta exhibición de diversidad no excluye un control riguroso. Laetitia Spetschinsky señala que la política de visibilidad va de la mano de un control absoluto sobre las regiones, con Moscú cuidando de sofocar cualquier aspiración autonomista. «A diario, vemos medidas tomadas en términos de gestión de las regiones para debilitar aquellas que tienden demasiado a expresar deseos de autonomía, especialmente cuando son musulmanas».

La invasión de Ucrania agrega una dimensión adicional a esta política. Rusia necesita reclutar en todas sus componentes para alimentar su esfuerzo de guerra, lo que refuerza otro pilar del discurso de Vladimir Putin: el patriotismo. «Dado que Rusia es un estado muy diverso, no puede unirse en torno a la nación, sino por el deseo compartido de su gran destino», resume la especialista.

Ante la falta de una identidad común, el amor por la patria, así como la designación de un enemigo occidental supuestamente decidido a desmembrar Rusia, actúa como cemento nacional. Sin embargo, esta narrativa tiene sus límites. Ya que es precisamente en nombre del rechazo a este imperialismo ruso que separatistas chechenos han optado por luchar en el lado de Ucrania, revirtiendo contra Moscú su propia narrativa civilizacional.