Sí es cierto que el cine puede, mejor que otras artes mayores, vender sueños y estimular la imaginación, aún así se necesitaría una buena dosis de credulidad para adherirse a un guion sobre un maligno multimillonario (obviamente muy muy malvado) que sería abundantemente insultado pero seguiría sin inmutarse alimentando con millones de euros a quienes lo critican. Y se necesitaría una buena dosis de ingenuidad para sorprenderse de que los amables artistas (obviamente muy muy amables) que quieren movilizarse contra el «cripto-fascismo» de su financiador, terminen privados del dinero del accionista despreciado.
Sin embargo, esta es la historia que una parte de la industria cinematográfica querría imponer movilizándose en contra de Vincent Bolloré, principal financista del cine francés a través de Canal+. En lucha contra sus ideas de «patrón de extrema derecha», pero no contra sus euros. Los planes del multimillonario son oscuros, pero su dinero es limpio.
Cada uno es libre de detestar las ideas de Vincent Bolloré, de hacer peticiones en contra de su «toma de control fascista sobre el imaginario colectivo» a través de su presencia en toda la cadena de producción cinematográfica. Pero, además de que las cientos de películas producidas por Canal+ muestran una verdadera diversidad y contradicen cualquier acto de activismo ideológico, la libertad es también, para el productor, la de cerrar la llave de efectivo a aquellos que rechazan su presencia en los créditos.
Durante mucho tiempo, el cine francés resistió a la avalancha estadounidense apoyándose en fuentes de financiamiento múltiples, públicas y privadas, generosas pero frágiles. Gracias a este montaje complejo, pudo dar vida a películas cuyo único criterio de existencia no era el éxito entre el gran público, sino la contribución a lo mejor del séptimo arte. Querer introducir en esta alquimia compleja una etiqueta de «buen pensamiento» político sería un riesgo imprudente.






