En el discurso de Pascal Grizot hay una forma de lucidez rara en el panorama deportivo francés. Ni triunfalismo postolímpico, ni postura defensiva: el presidente de la Federación Francesa de Golf hace un diagnóstico preciso, a veces brusco, siempre estratégico. En un momento en el que el golf intenta capitalizar la secuencia abierta por los Juegos de París 2024, el líder se niega a conformarse con ser solo una vitrina.
El torneo olímpico organizado en el Golf National sin duda ofreció una exposición inédita para la disciplina. El nivel deportivo, impulsado por los mejores jugadores del mundo, validó la posición del golf en el programa olímpico. Pero tras este éxito de imagen, la herencia tiene dificultades para materializarse. «En términos de licencias y de imagen, el impacto sigue siendo muy limitado», observa, señalando en particular un déficit en la difusión y la activación mediática.
Una oportunidad perdida El corazón de la crítica se centra en la explotación del evento. Para Pascal Grizot, los Juegos debían haber sido un factor estructurante para instalar el golf duraderamente en el panorama deportivo francés. En cambio, solo representaron una pausa en el camino.
El tema de la venta de entradas resume por sí solo esta discrepancia. Mientras que la Ryder Cup 2018 se concibió como un producto de gran público, capaz de acoger hasta 55,000 espectadores diarios, el torneo olímpico se celebró en una lógica mucho más restringida, con un aforo deliberadamente limitado y volúmenes de boletos incomparables. «No se hizo ningún esfuerzo para maximizar la venta de boletos», lamenta, considerando que existía margen para ampliar la audiencia.
Esta estrategia restrictiva redujo mecánicamente el impacto popular del evento. En una disciplina donde la presencia física, la experiencia del espectador y la capacidad para generar flujo son determinantes, esta elección parece, a sus ojos, como una oportunidad perdida. Especialmente porque la Federación tenía datos valiosos de grandes eventos internacionales, que podrían haber optimizado la ocupación y la segmentación de las audiencias.
En general, esta frustración se inscribe en una crítica global al legado olímpico. La reducción de los presupuestos deportivos después de los Juegos se considera «profundamente incoherente», como señala Pascal Grizot, quien menciona un evento que produjo «imágenes magníficas» pero no creó palancas duraderas.
Estructurar en lugar de seducir Ante este diagnóstico, la estrategia federativa evoluciona. El primer mandato de Pascal Grizot tenía como objetivo consolidar la base existente. El segundo se centra en la conquista.
El desafío es claro: ampliar el público. Esto implica una comunicación repensada, más orientada hacia los no practicantes, pero también una diversificación de los formatos. Campos de golf compactos urbanos, prácticas bajo techo, hibridación de usos… El golf busca alinearse con lógicas contemporáneas, sin renunciar a su ADN.
Pero el presidente no se engaña. El golf seguirá enfrentando un «techo de cristal» económico. Como un deporte no subvencionado que requiere infraestructuras pesadas, impone un modelo de desarrollo más selectivo que masivo.
LIV: una ruptura estratégica Es en este contexto que surge una pista que podría marcar un cambio importante: la acogida de un torneo del circuito LIV en Francia. Lejos de ser un simple anuncio, esta hipótesis se enmarca en una reflexión más amplia sobre la transformación del producto golf.
El circuito LIV se basa en una lógica profundamente diferente a la de los circuitos tradicionales. Torneos más cortos de tres días, formatos por equipos, inicio simultáneo (todos los jugadores comienzan al mismo tiempo en diferentes hoyos), narrativa reforzada, producción televisiva concebida como un entretenimiento global: todo está diseñado para captar una audiencia más amplia, más joven y menos iniciada.
En términos económicos, el modelo es igual de disruptivo. Garantía de premios, contratos de jugadores seguros, lógica de franquicia y centralización de los ingresos: LIV se aleja del modelo clásico basado en el rendimiento puro y los premios variables. Introduce una dimensión de liga cerrada, inspirada en los deportes norteamericanos.
Para la Federación Francesa, acoger un evento de este tipo en el Golf National cumpliría varios objetivos. Primero, reposicionar el lugar en el calendario internacional, después de la Ryder Cup y los Juegos. Luego, atraer a un público diferente, menos tradicional, en busca de experiencias más que de competencia pura. Finalmente, captar nuevos socios, atraídos por un producto más híbrido, en la intersección del deporte y el entretenimiento.
Pero el interés también es político. Al acercarse al circuito LIV, Francia se sitúa en el centro de las recomposiciones en curso en el golf mundial, marcado por fuertes tensiones entre circuitos históricos y nuevos actores. Una forma de influir en lugar de simplemente sufrir.
Sin embargo, esta apertura plantea preguntas. De imagen, de equilibrio, de gobernanza. Requiere la capacidad de navegar entre intereses a veces divergentes. Pero refleja una convicción: el golf ya no puede conformarse con su modelo histórico.





