
La política exterior antiamericana de Sánchez
Cuando el primer ministro español, Pedro Sánchez, prohibió a las fuerzas estadounidenses utilizar las bases españolas para apoyar la guerra en Irán, y luego prohibió el sobrevuelo del territorio español a aeronaves militares estadounidenses, el presidente Donald Trump entró en cólera, pero Sánchez se mantuvo firme.
«No seremos cómplices de nada que sea malo para el mundo,» declaró Sánchez durante un discurso televisado el 4 de marzo. Trump calificó esta decisión como «terrible» y «no cooperativa», antes de agregar: «Vamos a interrumpir todo comercio con España. No queremos tener más relación con España.»
La ira de Trump es comprensible, pero su reacción está mal dirigida. Mientras Sánchez enfrenta una investigación por corrupción dirigida a su esposa y algunos de sus allegados, busca provocar un enfrentamiento con Trump para movilizar su base socialista. Los insultos solo juegan a su favor.
La negativa de acceso a la base naval de Rota o a la base aérea de Morón no es el principal problema para Estados Unidos. Según el veterano de las fuerzas especiales José Lev Álvarez Gómez, Sánchez ha vendido discretamente tecnologías y equipamiento militar a Teherán para apoyar el programa de drones de la República Islámica.
En otras palabras, bajo la política exterior ferozmente antiestadounidense de Sánchez, no solo está obstaculizando a la Casa Blanca: también está ayudando a grupos terroristas y contribuyendo a la muerte de estadounidenses.
Trump debería hablar con prudencia, pero utilizar un palanca mucho más poderosa que simples sanciones comerciales.
En primer lugar, debería solicitar al Departamento de Estado que designe a España como un estado que apoya el terrorismo. Desde hace demasiado tiempo, estas designaciones se aplican de manera subjetiva, perdonando a ciertos países como Pakistán, Turquía o Qatar, mientras sancionan a otros como Cuba, cuyos vínculos con el terrorismo son limitados.
El acercamiento de Sánchez a Hamas y el apoyo material de España a los Guardianes de la Revolución Islámica justificarían tal designación. De hecho, el simple hecho de mencionar tales sanciones tendría un efecto inmediato. Trump debe demostrar que la era de los socialistas antiamericanos condescendientes, convencidos de poder hacer acusaciones sin consecuencias, ha terminado.
En segundo lugar, Trump debería denunciar la hipocresía de España. Sánchez presenta a Israel como un proyecto colonial y adopta un discurso antisemita comparable al de la ex presidenta irlandesa Mary Robinson. Sin embargo, España sigue siendo en sí misma una potencia colonial, con dos enclaves en África: Ceuta y Melilla.
Los catalanes merecen un apoyo, independientemente del inquilino de la Casa Blanca. De hecho, la Universidad de Yale comenzará a enseñar catalán el próximo año, en reconocimiento a su cultura única.
Por Michael Rubin
Tribuna | Washington Examiner – traducción: Jean Vercors




