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En Barcelona, la izquierda global: intenta reinventar la democracia.

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El summit «In Defense of Democracy» celebrado en Barcelona este fin de semana, los días 17 y 18 de abril, no solo reunió a Pedro Sánchez, Lula, Claudia Sheinbaum y Gustavo Petro frente al avance de las derechas radicales. Sobre todo reveló un cambio intelectual más profundo: en un mundo donde el autoritarismo avanza menos por golpes de estado que por cansancio social, inseguridad cultural e identitaria o la sensación de impotencia de los Estados, defender la democracia ya no es suficiente; ahora es necesario devolverle una promesa material, una eficacia y un relato.

La democracia está en una fase defensiva

A primera vista, la reunión en Barcelona parece una liturgia progresista clásica: más de 6,000 militantes y líderes de más de 40 países, llamados al multilateralismo, a la justicia social, a gravar a los más ricos y a resistir a la extrema derecha. Pero el hecho de que este vocabulario sea ahora central dice algo más grave: la democracia liberal ya no se considera un horizonte natural de la historia, sino un régimen vulnerable que debe protegerse políticamente, legalmente y simbólicamente. Pedro Sánchez afirmó explícitamente que ya no se debe considerar la democracia como algo garantizado, mientras que Lula, Sheinbaum y otros presentaron el momento como una batalla global contra el autoritarismo y la desinformación. Este enfoque refleja un diagnóstico mucho más amplio: según el informe 2026 de V-Dem, más de una cuarta parte de los países del mundo están en proceso de autocratización, y seis de los diez nuevos casos identificados se encuentran en Europa y América del Norte; el mismo instituto estima que Estados Unidos ha retrocedido a un nivel democrático comparable al de 1965.

El verdadero problema no es solo la extrema derecha, sino el vacío social en el centro

Por tanto, lo más interesante de Barcelona no es el enemigo designado, sino el reconocimiento implícito de las debilidades progresistas. Los organizadores hicieron hincapié en la necesidad de reconectarse con las clases populares en un momento en el que el costo de vida domina las preocupaciones electorales. Esta frase es crucial, ya que apunta a una intuición cada vez más presente en la crisis democrática europea: la democracia se deteriora no solo por una ofensiva ideológica iliberal, sino por la incapacidad de los gobiernos de garantizar la seguridad económica, la transparencia en las decisiones públicas y el sentimiento de control colectivo. Durante varios años, el auge populista se ha enraizado tanto en los conflictos culturales como en la precarización material; según otro estudio, Chatham House aboga por una «repolitización» de las políticas económicas para que los ciudadanos vuelvan a sentir que las decisiones presupuestarias, monetarias y sociales son fruto de una elección democrática y no de una mecánica tecnocrática. Es aquí donde la cumbre de Barcelona se vuelve intelectualmente más interesante de lo que aparenta: sugiere que el antifascismo retórico ya no es suficiente, y que una democracia que no ofrece protección ni perspectivas termina generando terreno para sus adversarios. La defensa institucional del régimen solo es sólida si se basa en una coalición social que todavía considera el sistema útil.

Europa entra en la era de la «democracia estratégica»

Es en este punto donde el análisis puede ir más allá de la actualidad inmediata. El antiguo concepto de «democracia militante», la idea de que un régimen libre a veces debe defenderse activamente contra aquellos que intentan destruirlo, vuelve a ser central en los debates jurídicos y políticos contemporáneos. Investigaciones recientes recuerdan que esta lógica puede adoptar una forma «dura» mediante la prohibición o neutralización de actores antidemocráticos, pero también una forma más «estratégica», basada en la arquitectura institucional, los medios de comunicación, la financiación política y la resistencia cívica. Europa está precisamente deslizándose hacia esta segunda lógica. Carnegie observa que en 2025, el apoyo europeo a la democracia se ha centrado en la protección de las normas democráticas dentro del continente, lo que representa un cambio respecto a la época en la que Bruselas se veía principalmente como exportadora de estándares. El documento prospectivo de ESPAS va en la misma dirección: el declive democrático europeo se manifiesta como un «vaciamiento progresivo» en lugar de un colapso abrupto. Visto bajo este prisma, Barcelona no es solo una cumbre de la izquierda; es un laboratorio de transición intelectual. La pregunta ya no es solo: ¿cómo vencer a la extrema derecha? Sino, ¿cómo gobernar sociedades fragmentadas sin caer en el autoritarismo de salvaguardia? Este es el dilema de la era. Para Europa, la consecuencia es grave: si quiere seguir siendo una potencia normativa, debe demostrar que una democracia aún puede proteger, decidir y perdurar sin renunciar a sus principios. De lo contrario, la palabra «democracia» seguirá siendo movilizadora en los discursos internacionales, pero lentamente perderá credibilidad en la vida cotidiana de los votantes.