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La señalización de la India después del conflicto sugería que futuras represalias podrían extenderse más allá de los grupos militantes hasta el propio ejército pakistaní. «Los terroristas y sus patrocinadores serán tratados de la misma manera», dice Bisaria, eco de la posición del gobierno indio.

La suspensión del Tratado de Aguas del Indo se ha convertido en otro marcador de esta postura más dura.

«La sangre y el agua no pueden ir juntas», dice Bisaria. «No hay manera de que el tratado regrese».

Desde la perspectiva de Pakistán, sin embargo, el conflicto parece haber reforzado la fe en su propia estrategia de escalada.

Haqqani argumenta que la breve duración del conflicto funcionó a favor de Pakistán.

«La estrategia de Pakistán ha sido moverse rápidamente en la escalera de la escalada para que la amenaza de la guerra nuclear involucre a la comunidad internacional», dice.

Esa creencia parece generalizada dentro de la comunidad estratégica de Pakistán.

Umer Farooq, analista con sede en Islamabad y ex corresponsal de Jane’s Defence Weekly, dice que en Islamabad existe la creciente confianza de que Washington y las capitales del Golfo intervenirán rápidamente en cualquier crisis futura.

«En Pakistán, se cree que los estadounidenses han obligado a Pakistán e India a sentarse en la mesa de negociaciones antes y pueden hacerlo de nuevo», dijo a la BBC.

Al mismo tiempo, dice, la élite militar y política de Pakistán parece estar muy consciente de la fragilidad interna del país.

«Nuestra economía está en ruinas, la sociedad está profundamente dividida, estamos enfrentando dos insurgencias», dice Farooq. «Existe un pensamiento predominante en la élite política y militar de que no debemos entrar en conflicto con India».

Esa tensión -entre la confianza disuasoria y la vulnerabilidad económica- podría explicar las señales cuidadosamente calibradas que han surgido de Rawalpindi en los últimos meses.