Rolex, una casa cuya notoriedad suscita envidia en todas las demás. Para el gran público, encarna por sí sola el lujo y el prestigio: para muchos, hay relojes y luego están los Rolex. Pero, ¿cómo ha forjado esta icónica marca, nacida en Londres y moldeada en Ginebra, una reputación tan sólida? Todo comenzó con el Oyster.
En 1926, Rolex cambió profundamente el rumbo de la relojería moderna con la introducción del Oyster, el primer reloj de pulsera verdaderamente resistente al agua y al polvo, diseñado por Hans Wilsdorf en una época en la que aún se consideraban accesorios frágiles en lugar de verdaderos instrumentos. Al sellar la caja contra los elementos, y luego asociarla más tarde con el rotor automático Perpetual en 1931, Rolex estableció el modelo del reloj de pulsera moderno: preciso, robusto y autónomo.
A lo largo del siglo pasado, el Oyster evolucionó no como un modelo único, sino como una plataforma. Fue constantemente probado en lo que Wilsdorf describía cariñosamente como un «laboratorio vivo», desde el Canal de la Mancha hasta el Monte Everest, convirtiéndose finalmente en la base de toda una colección definida por la fiabilidad y el rendimiento. Hoy, en su 100 aniversario, Rolex muestra que su fórmula ganadora conserva todo su valor al presentar un trío de referencias Oyster Perpetual que reflejan tanto la continuidad como una evolución constante.






