En su discurso en el monumento de los mártires, León XIV puso al gobierno argelino frente a sus contradicciones. Palabras de verdad que ilustran las contradicciones del gobierno. Por Hichem Aboud Debería haber sido un momento histórico, cuidadosamente montado para mejorar la imagen del país. La visita de León XIV a Argelia, la primera, fue concebida como una vitrina diplomática, una operación de comunicación destinada a proyectar la imagen de un estado pacífico, abierto y respetuoso. Pero en cuestión de horas, este escenario se desmoronó, atrapado por la realidad del terreno y por la fuerza de un discurso que, a pesar de su tono mesurado, sonaba como un recordatorio de orden.
Un discurso perturbador Frente al presidente Abdelmadjid Tebboune, en el marco solemne del centro cultural de la gran mezquita de Argel, el pontífice no cedió a la retórica. Sin nombrar explícitamente al régimen, sin embargo, esbozó sus contornos con una precisión temible. «Las autoridades están llamadas no a dominar, sino a servir al pueblo», declaró, antes de insistir en un principio fundamental: «el criterio de la acción política radica en la justicia, sin la cual no hay una paz auténtica». En un país donde las detenciones políticas, las restricciones a las libertades y el bloqueo del espacio público son denunciados regularmente, estas palabras resonaron más allá de una simple exhortación espiritual. Se convirtieron en un diagnóstico, e incluso en una negación implícita. El papa fue más lejos, llamando a «educar en el sentido crítico y en la libertad», a «reconocer en aquel que es diferente un compañero de camino y no una amenaza». Un mensaje difícilmente conciliable con un sistema político basado en la sospecha, la represión y la exclusión de cualquier voz disidente.
Blida: Un silencio ensordecedor Como si este discurso no fuera suficiente para perturbar la escenificación oficial, la visita papal se vio inmediatamente ensombrecida por explosiones ocurridas en la ciudad de Blida, a unos cincuenta kilómetros de Argel. Una ciudad guarnición que alberga la sede de la 1a región militar, el tribunal y la prisión militares, una base aérea y la escuela de formación de oficiales de reserva, la sede del Centro Técnico Regional de Investigaciones y de Investigaciones (seguridad interior) y otros recintos militares. Lo que convierte a la ciudad en una de las más seguras. Dos explosiones, calificadas por algunos como intentos de atentado, sacudieron esta ciudad guarnición estratégica desde las primeras horas de la visita. Sin embargo, el silencio de las autoridades fue absoluto. Aún más inquietante: la prensa nacional, de todas las tendencias, ignoró el evento. Ni confirmación, ni explicación. Solo un mutismo opresivo, acompañado de desmentidos extraoficiales difundidos por canales cercanos al poder. Una versión considerada poco creíble a la luz de las imágenes que circulan en las redes sociales y de las preguntas planteadas por los medios internacionales.
Este silencio no sofocó el asunto. Lo amplificó. Una estrategia de doble filo Desde hace varios años, el poder argelino intenta imponer un relato de seguridad, llegando incluso a clasificar como «organizaciones terroristas» a movimientos políticos pacíficos como el MAK o Rachad, así como a periodistas e influencers. En este contexto, la falta de comunicación sobre explosiones ocurridas en el corazón de una importante visita internacional plantea interrogantes. ¿Por qué ocultar un evento que, en otros lugares, se habría aprovechado de inmediato para justificar una postura de seguridad reforzada? Esta elección, lejos de proteger la imagen del régimen, lo expuso. Reveló una profunda contradicción: la de un poder que oscila entre la voluntad de controlar el relato y el temor a que ese relato se le escape.
Una visita que deja huellas Finalmente, la visita de León XIV no ofreció al régimen argelino la vitrina que esperaba. Al contrario, actuó como un revelador. Revelador de un desfase entre el discurso oficial y la realidad. Revelador de un sistema debilitado, incapaz de asumir públicamente los eventos que lo incomodan. Revelador, finalmente, de una palabra proveniente de otro lugar, lo suficientemente fuerte como para hacer brillar lo que se intenta silenciar. Ahora queda una pregunta central: ¿Abdelmadjid Tebboune sabrá escuchar la lección, o elegirá, una vez más, ignorarla?





