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Estrecho de Ormuz, tierras raras, comercio: la nueva geopolítica de las dependencias

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Entre las tensiones militares en Medio Oriente y la guerra económica entre las grandes potencias, surge una lógica coherente: el control de las dependencias estratégicas se convierte en el centro del siglo XXI. Las tensiones por el acceso a los recursos raros suelen desencadenar conflictos.

El estrecho de Ormuz, un laboratorio de poder energético

La abrupta escalada de tensiones entre Estados Unidos e Irán en torno al estrecho de Ormuz muestra cuán importante es el dominio de los flujos vitales en la geopolítica contemporánea. La captura de un buque iraní por parte de la armada estadounidense provocó una escalada inmediata, con Teherán amenazando con tomar represalias mientras las negociaciones diplomáticas flaquean. Los mercados reaccionaron de inmediato: el precio del Brent se disparó alrededor del 5%, rozando los 95 dólares por barril, mientras que las bolsas europeas retrocedían debido a la incertidumbre energética. En esta zona por donde transita casi un tercio del petróleo mundial transportado por mar, la estrategia iraní no es solo militar: se basa en la capacidad de perturbar un punto crucial del comercio mundial. La historia de las relaciones internacionales muestra que estos puntos de paso, como el canal de Suez, el estrecho de Malaca y el estrecho de Ormuz, funcionan como multiplicadores de poder. Un actor relativamente débil puede crear un efecto sistémico desproporcionado. Irán lo sabe perfectamente: incluso sin una victoria militar, la simple amenaza sobre la circulación energética le permite influir en los cálculos estratégicos de Washington, Europa y China. Esta lógica recuerda a los análisis del historiador estadounidense Alfred Thayer Mahan sobre el poder marítimo: controlar o perturbar las rutas comerciales sigue siendo una de las formas más efectivas de proyección estratégica.

La guerra económica invisible: el arma de las cadenas de suministro

Pero la verdadera transformación geopolítica ya no se limita a los estrechos o mares. Se traslada a las cadenas de suministro industriales. China lo ha entendido perfectamente al fortalecer su control sobre las exportaciones de tierras raras y minerales críticos, indispensables para las baterías, los semiconductores o las tecnologías verdes. Las empresas europeas presentes en China denuncian ahora procedimientos administrativos capaces de bloquear en cualquier momento la exportación de componentes esenciales. Esta estrategia se enmarca en una transformación más amplia de la globalización: la economía ya no es solo un espacio de intercambio, sino que se convierte en un terreno de rivalidad estratégica. Desde hace varios años, Washington ha utilizado sanciones financieras y restricciones tecnológicas contra Pekín. La respuesta china consiste en aprovechar su ventaja estructural en ciertas materias primas críticas. Esta lógica se ajusta a lo que el economista Albert Hirschman describía en la década de 1940: las relaciones comerciales pueden crear dependencias asimétricas que se convierten en instrumentos de poder. En el caso de las tierras raras, la asimetría es evidente: China domina ampliamente la producción y refinación a nivel mundial. Para Europa, la situación es particularmente delicada. La Unión Europea sigue siendo muy dependiente de la industria china mientras enfrenta un creciente déficit comercial con Pekín, alimentando un debate político sobre la desindustrialización y la soberanía económica.

Hacia una geopolítica de las dependencias estratégicas

Estas dos crisis, energética en Medio Oriente e industrial en Asia, revelan una transformación más profunda del orden internacional. El poder ya no se mide solo en divisiones militares o arsenales nucleares, sino en la capacidad de controlar las dependencias estructurales del sistema mundial. El economista Henry Farrell y el politólogo Abraham Newman hablan de «interdependencia armada»: las redes económicas mundiales se convierten en instrumentos de coerción política. Estados Unidos utiliza el dólar y los sistemas financieros para imponer sanciones; China moviliza sus cadenas industriales; las potencias regionales como Irán explotan su posición geográfica en los flujos energéticos. Esta evolución sitúa a Europa en una posición paradójica. El continente sigue siendo una de las principales potencias comerciales del mundo, pero tiene poco control sobre las infraestructuras o recursos estratégicos que estructuran la globalización. Su dependencia energética, industrial y tecnológica la expone a múltiples presiones. Por eso, Bruselas ahora está multiplicando las políticas de «soberanía estratégica»: diversificación energética, relocalización industrial, estrategia sobre las materias críticas. Pero estas políticas chocan con una realidad fundamental: la globalización ha creado un sistema de dependencias cruzadas extremadamente difícil de desmantelar sin importantes costos económicos. El mundo entra así en una nueva fase de competencia sistémica donde los conflictos abiertos, como los del estrecho de Ormuz, son solo la superficie visible de una rivalidad más profunda por el control de las infraestructuras invisibles del poder.